
El evangelista Juan inicia la narración del Evangelio del día de hoy presentando a Jesús quien establece un diálogo con los judíos de su tiempo. Recordemos que venimos de una experiencia en que los suyos habían pensado de Él y de su muerte inminente; hoy, la Palabra continúa revelando, desde nuestro punto de vista, un panorama sombrío que nos vuelve a sorprender con el preanuncio de la muerte. Lo que se va a develar en las celebraciones del Misterio Pascual de la pasión y muerte del Señor, los judíos no lo comprendían. Para muchos la muerte es el fin de la existencia de la humanidad, de hecho, así lo habían experimentado los grandes patriarcas del pueblo de Israel, como Abrahán y los profetas. Si Jesús era un profeta para ellos, su destino era también la muerte. Pero para el apóstol Pablo al recordarnos que Jesús “siendo de condición divina no tuvo a bien retener nada para sí mismo, sino que asumió su condición de siervo” (Flp 2, 6 – 11), nos está diciendo que ahora esta condición divina le dará junto al Padre la gloria que le será devuelta con la Resurrección. La relación del Padre y el Hijo se ha establecido a través de un conocimiento, del cual el Hijo tiene certeza de su Padre porque solo quien conoce al Padre sabe de las realidades que envuelven el misterio. La lógica del mundo judío que le acusa y se enfrenta con el Señor está muy distante de la lógica de Jesús con su Padre, a quien el misterio de lo eterno le abrazó como don y cumplimiento de la promesa: “Mi Padre me glorificará”, “mi Padre y yo somos uno”. Parte del conocimiento se experimenta en la forma como guardamos las palabras y hacemos memoria de ellas, estableciendo vínculos que van más allá de lo humanamente posible. Las palabras de Jesús tienen un profundo significado para el ser humano de hoy. Pero solo las entienden quienes las escuchan con una actitud de humildad. Jesús, no nos pide grandes sacrificios; lo único que nos pide es que le aceptemos en nuestro interior con fe y sencillez.
Una de las experiencias más profundas de la relación entre el Padre y el Hijo es la forma como Jesús ha guardado sus palabras. En este camino de sentirme hijo amado de Dios, ¿cómo guardo su Palabra para alimentar la relación con el Padre Eterno?
Señor Jesús, doy gracias al Padre por el don de la vida que me ha dado, al Hijo le agradezco el que me halla llamado a seguirle a por medio de mi vocación, doy gracias al Santo Espíritu por los dones que me concede para que camine firme hacia la luz de la eternidad. Amén.
¿Qué relación he establecido con Dios como Padre que me hace sentir su hijo amado?


