
Jesús está profundamente dolido porque los escribas vinieron de Jerusalén para declarar públicamente que Él está poseído por “Beelzebul” y “por el príncipe de los demonios expulsa los demonios”. Este terrible insulto ataca directamente su identidad divina: es una blasfemia contra el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, es el "don del Resucitado" otorgado precisamente para el perdón de los pecados. Blasfemar contra Él significa rechazar conscientemente la fuente misma de la misericordia. Al atribuir los milagros de Jesús: actos de extrema bondad y sanación al poder de Belcebú, los escribas están cometiendo una inversión moral perversa: llaman "malo" a aquello que es manifiestamente "bueno y santo". Esta blasfemia brota de un corazón endurecido por una profunda envidia. Este es el único pecado "imperdonable" no porque Dios no quiera perdonarlo, sino porque la persona se cierra voluntariamente a recibir su perdón. Los escribas cerraron totalmente su corazón al amor de Dios. ¡Cuánto es necesaria la humildad del corazón para estar abiertos a la gracia de Dios!
Pedir la gracia de la conversión con fuerza, reconociendo que todos somos pecadores y que nuestra única esperanza es no resistirnos al amor que el Espíritu Santo quiere derramar en nuestras vidas.
Señor Jesús, danos la gracia de no cerrarnos a la presencia santificadora del Espíritu Santo y de ser dóciles a su acción en nosotros: ¡Espíritu Santo ilumínanos y santifícanos!. Amén.
QCada vez que sienta dificultad en aceptar con amor la voluntad de Dios invoco con confianza la ayuda del Espíritu Santo: “Les aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres los pecados y las blasfemias por muchas que sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás”.
La blasfemia contra el Espíritu Santo, es cerrarse radicalmente a la acción salvadora y liberadora del Espíritu de Dios, condenando su obra de amor y verdad en Jesús, lo que imposibilita el camino hacia el perdón y la vida plena (José Antonio Pagola).
La respuesta debe ser pronta y generosa como la de Pedro, Andrés, Juan y Santiago, quienes “inmediatamente dejaron las redes, la barca y al padre, lo siguieron… Quien ha sido llamado debe comprender que no se le concederá ningún reposo, que no habrá ninguna parada en el camino. Jesús quiere ser seguido noche y día y por toda la vida, no existen momentos que serán dispensados de los compromisos adquiridos (Padre Fernando Armen).


