
La liturgia hoy nos presenta la solemnidad de la Anunciación del Señor. Con esta gran celebración, la Iglesia interrumpe el silencio cuaresmal para cantar el gloria dando gracias al Señor por lo que María es y representa en la Historia de la Salvación. María es la protagonista del relato. Según el evangelista Lucas, su juventud en la pequeña aldea de Nazaret ha sido interrumpida por la visita inesperada de un ángel para comunicarle un designio divino del que tal vez no sale de su asombro y que no logra comprender. Finalmente, en el diálogo con el ángel ella logra intuir el proyecto de Dios en su vida. El saludo ya había comunicado el misterio de la gracia a través de la cual había sido favorecida –“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”–, el cual estremeció su humanidad, provocando reacciones como la turbación y las preguntas que le dirigió al ángel. “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios”. Estas son las palabras que le permiten en el misterio a María la adhesión al proyecto de Dios; María no entiende con la razón, pero con corazón ama, porque solo a través de él, se cumplirán las promesas que los profetas habían anunciado sobre el Mesías. Con respecto al linaje de David por José, Jesús va a heredarlo y no le será arrebatado. Con Jesús, el reino de Dios se hace presente, un reino que acontece en el misterio de la Encarnación; de ahí, la gracia y la fuerza del anuncio que tendrá su máxima manifestación en el misterio de la cruz. José por su parte silencioso y orante, no entiende este sublime misterio, pero siente que es un misterio que debe preservar, cuidar y amar. Por tanto, la lógica de la vida para José es más fuerte que la lógica de la muerte. Dios toma el corazón silencioso de José para hacerlo parte de su proyecto salvífico llevándolo a la plenitud cuando María asume su participación en la Historia de la Salvación: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Estas dos experiencias de vocación –la de María y la de José–transitaron por la duda pero se abrieron finalmente al misterio de la fe.
¿Cómo he acogido y vivido los proyectos de Dios en mi vida? ¿He permitido que ellos realicen su proyecto o he realizado los míos sin contar con los suyos?
Señor Jesús, por intercesión de María, tu madre Santísima, concédeme vivir en fidelidad el proyecto de Dios en mi vida para el cual he sido llamado. Amén.
¿Qué experiencias de mi vida han provocado, como María, miedo y turbación?


