
La Palabra de Dios siempre es fuente de sabiduría, y lo que Jesús busca establecer con el género humano son esos vínculos de amistad y cercanía indicándonos el camino que conduce al reino eterno. Dice Jesús a sus discípulos: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Un discípulo es aquel que acoge y vive sus enseñanzas, por eso cuando nos empeñamos en un trabajo de vida interior, podemos adquirir un corazón humilde y coherente que tiende siempre a hacer lo que es agradable a los ojos de Dios y eleva su espíritu en la oración. No podemos pronunciar el nombre del Señor y ser indiferentes ante el dolor y sufrimiento humanos. Edificar nuestra vida sobre la roca, es dejar que Cristo sea el fundamento de nuestra existencia, porque no solo basta con escuchar sus palabras, sino que estas se transformen en vida. Es encontrar en el Evangelio criterios claros que iluminen nuestro modo de ser, actuar y estar delante de Dios y de los demás.
El texto que hoy hemos escuchado se cierra con una comparación que hace Jesús: “El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó”. Preguntémonos: ¿Cuál es el cimiento de mi vida? ¿Pongo en práctica las palabras y enseñanzas de Jesús?
Jesús Maestro, concédeme un espíritu firme, para que cimentado en tu palabra, pueda encontrar solidez en mis opciones y profundidad de vida al invocar tu nombre. Amén.
Jesús exige acción sobre la palabra. Él enseña que no basta con llamarlo “Señor” o tener una fe superficial, sino que la entrada al reino de los cielos requiere hacer la voluntad del Padre y poner en práctica sus enseñanzas para construir una vida sólida.
“Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena” (Mt 7, 26)
La fe no se trata de palabras, apariencias o de hacer milagros. Se centra en la obediencia activa. La verdadera fe exige llevar los mandamientos a la práctica, lo que sirve como el único cimiento capaz de resistir las crisis inevitables de la vida.


