
El texto de hoy se sitúa después de la parábola de los obreros en la viña para prepararnos a lo fundamental en la experiencia del ser parte de la casa, de la comunidad de Jesús y esta es la lógica del abajamiento; cosa que no funciona según los modelos y criterios del mundo, nos abajamos para rescatar al hermano; esto es ser Iglesia, al ejemplo del Hijo que no tuvo a bien retener su condición divina a fin de acoger la condición humana y rescatarnos de la muerte eterna. En el texto quien hace la petición es la madre de Juan y Santiago; de ella no se dice nada, pero sí el hecho de pensar desde la lógica del merecimiento. Jesús les recuerda a todos que el grande ha de ser servidor (diácono) y el primero, esclavo. Los discípulos estamos llamados a entrar en esta corriente de vida donada, sin esperar, sin cálculos, sin ventajas, solo abajamiento en favor del otro. A esta comprensión de Jesús llegarán los discípulos y así, como lo atestiguará el apóstol Santiago en su camino de madurez de la fe según el libro de los Hechos, ciertamente beberá del cáliz, entregando su propia vida por el anuncio de la Buena Nueva y muerto a manos de los poderes del mundo. Estamos también nosotros invitados a subir a Jerusalén, pero antes, tendremos que pasar por Jericó y ser como los discípulos, curados de nuestras cargueras espirituales, que nos encierran en la búsqueda de nuestros propios intereses; sabemos que esta conversión es posible por el testimonio que hoy celebramos y puede entenderse abajarnos hasta dar la vida sin reservas.
¿Escucho atentamente a qué abajamiento me invita el Señor?
Espíritu Santo, nos ponemos ante tu presencia para dejarnos iluminar por la fuerza de tu amor; que comprendamos los llamados que el Señor hace a nuestro corazón, salgamos del egoísmo y entremos por el camino del servicio. Amén.
Jesús nos invita a estar dispuestos a beber el cáliz, es decir, lo que representa asumir las pruebas y el costo real del discipulado.
“Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo” (Mt 20, 26-27).
La verdadera grandeza en el reino de Dios no se mide por el poder, los títulos o el dominio sobre los demás, sino por el servicio humilde y el espíritu de sacrificio.


