
El pueblo pide una señal, algo extraordinario, algo que impresione. Pero Jesús no se presta a ese juego espiritual. Él sabe que el corazón humano puede volverse dependiente de lo espectacular y olvidar lo esencial. La verdadera conversión no nace de un milagro visible, sino del encuentro interior con Dios. Jesús señala a Jonás, un profeta imperfecto, temeroso, limitado… pero cuya predicación llevó a un pueblo entero a cambiar de vida. Si los ninivitas, paganos y distantes, escucharon la voz de Dios, ¿cómo el pueblo que tiene delante al Hijo de Dios no logra abrir el corazón? Hoy también corremos el riesgo de buscar a Dios solo en lo extraordinario: en experiencias fuertes, en emociones intensas, en signos visibles. Pero el Señor ya nos ha dado la señal más grande: su Palabra, su presencia, su amor entregado. Él está aquí, en lo cotidiano, en lo simple, en lo silencioso. A veces pedimos pruebas porque no confiamos del todo. Queremos que Dios nos hable como nosotros queremos, no como Él quiere. Pero Jesús nos invita a despertar la fe que escucha sin exigir, que se abre sin condiciones, que se deja interpelar. Este evangelio nos recuerda que la verdadera señal es Jesús mismo, su forma de amar, su modo de mirar, su entrega total. Él es la luz que guía, el llamado a cambiar de vida, la oportunidad constante de volver al corazón de Dios. Dios se manifiesta cada día, aunque no siempre como esperamos. La señal que necesitamos ya está dada: Jesús, su Palabra y su amor. El problema no es que Dios calle, sino que a veces nuestro corazón está distraído. Abrirnos a Él nos permite reconocer su presencia en lo simple y cotidiano.
¿Estoy esperando “grandes señales” en lugar de escuchar lo que Dios ya me está diciendo? ¿Qué llamada de conversión me está haciendo Jesús hoy?¿Reconozco al Señor en lo pequeño, lo sencillo y lo diario?
Señor Jesús, tú eres el mayor signo de la presencia viva de Dios en medio de nosotros. Ayúdame, para que mi conversión sea real y constante. Amén.
"Porque, así como Jonás fue signo para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación".
Jesús mismo es el signo máximo del amor del Padre.


