
Hoy la Iglesia celebra el nacimiento de Juan el Bautista, con quien se cierra el ciclo de los profetas del AT y se da inicio al Nuevo Testamento. Su concepción es una manifestación divina y la que guarda un gran misterio; él nace de unos padres ancianos: Isabel, una mujer estéril entrada en años y Zacarías, un sacerdote anciano que mientras oficiaba en el templo recibe el anuncio de que Isabel concebiría, pero por no creer, quedó mudo hasta el nacimiento de su hijo. Todo esto sucede antes del nacimiento de Cristo; por eso, conocemos a Juan el Bautista como el que llega para preparar el camino del Salvador. Nos dice el Evangelio que “a los ocho días de nacido, fueron a circuncidar al niño, y todos lo llamaban Zacarías, como su padre”. Isabel intervino diciendo: “¡No!, se va a llamar Juan”, pero la gente replicó, porque en la familia nadie llevaba ese nombre y al preguntarle al padre qué nombre le impondría al niño, respondió con vehemencia: “Juan es su nombre” se le soltó la lengua y comenzó a hablar bendiciendo a Dios. Esto es la confirmación de la intervención divina. Juan vino para dar testimonio de la luz, él era la voz que gritaba en el desierto llamando a la conversión, anunciando la llegada del Salvador, del Verbo que estaba presente desde antes de la creación.
Juan como presencia profética, fue un hombre libre y auténtico que supo llevar a los hombres hacia quien era la luz, reconoció su pequeñez, pero con su vida nos enseñó a vivir en quien es Dios y Salvador. Preguntémonos: En mi vida de cristiano, ¿sé acercar a otros a la persona de Jesús?, ¿tengo clara la misión para la cual el Señor me llamó a la vida?
Señor, te doy gracias porque tú obras de manera insospechada, porque me sorprendes en cada amanecer dándome motivos para creer y fortalecer la fe. Amén.
Es necesario obedecer los planes de Dios por encima de las tradiciones humanas o las expectativas sociales.
“Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su Pueblo, 69 y nos ha dado un poderoso Salvador en la casa de David, su servido” (Lc 1, 68-69).
La obediencia fiel a los planes de Dios rompe cualquier limitación humana y nos prepara para cumplir nuestro propósito divino.


