
Queridos hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos presenta a Jesús hablando con sus discípulos acerca de su misión. Él utiliza dos imágenes fuertes y reveladoras: el fuego y el bautismo. El fuego es símbolo del juicio de Dios, pero también de purificación y de vida nueva. Es el fuego que ilumina, que consume lo viejo y que enciende la esperanza. Jesús viene a traer ese fuego a la humanidad, un fuego que no destruye, sino que transforma. Como el profeta Elías que hizo descender fuego sobre el monte, así Cristo enciende en nosotros la llama del Reino. El segundo signo es el bautismo. Aquí Jesús habla de su propia entrega, de la pasión que lo espera, del proyecto del Reino que se acerca y que inevitablemente provoca oposición. El Reino de Dios no se impone con violencia, pero sí confronta los proyectos contrarios a la verdad y al amor del Padre. Por eso Jesús advierte que su misión no traerá una paz superficial, sino que generará división: entre quienes acogen la verdad y quienes la rechazan. El Evangelio no oculta la realidad: seguir a Cristo implica incomprensiones, rechazo y cruz. Pero también nos asegura que este camino conduce a la resurrección. La fe madura no se queda en lo cómodo, sino que abraza la purificación, el discernimiento y la conversión que el fuego y el bautismo de Jesús nos ofrecen. Hoy el Señor nos invita a dejarnos encender por su fuego, a ser purificados en su bautismo, y a vivir con valentía la misión, aun en medio de las oposiciones. Que no temamos a la división que provoca la verdad, porque esa misma verdad nos conduce a la vida plena en Dios.
¿Qué significa para mí dejar que el fuego de Cristo purifique mi corazón? ¿Qué resistencias encuentro en mí cuando se trata de vivir el proyecto del Reino?
Señor Jesús, enciende en mí el fuego de tu amor, purifica mi corazón con tu verdad, y fortalece mi fe en medio de la oposición. Amén.
El fuego del Evangelio se traduce en gestos concretos de caridad. Durante la jornada, practico una obra de misericordia.
Seguir a Cristo implica decisiones firmes y coherentes. No basta con decirse cristianos; es necesario serlo en las situaciones concretas, testimoniando el Evangelio con obras de amor, justicia y misericordia.
El Papa Francisco decía sobre este evangelio: “‘He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y, ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!’ (v. 49). Estas palabras tienen el objetivo de ayudar a los discípulos a abandonar toda actitud de pereza, de apatía, de indiferencia y de cerrazón para acoger el fuego de Dios; que ese amor”.


