
Los saduceos, que no creían en la resurrección, intentan ridiculizar esta verdad con un caso extremo sobre el matrimonio. Jesús responde revelando que la vida después de la muerte es distinta: no se rige por las categorías humanas, porque allí ya no hay muerte ni necesidad de matrimonio. En el cielo, quienes han sido fieles serán “como ángeles”, hijos de Dios y de la resurrección. Además, Jesús afirma con fuerza que Dios es un Dios de vivos, no de muertos: Abraham, Isaac y Jacob siguen vivos en Él. Con esta enseñanza, Jesús confirma que la resurrección es real y que nuestra vida está llamada a la eternidad en Dios. Recordemos las invitaciones que nos hace Jesús: Vivir con horizonte de eternidad: Tomar decisiones pensando en lo que realmente tiene valor para Dios y para la vida eterna. Consolar con esperanza: Acompañar a quienes sufren una pérdida con la certeza de que Dios es Dios de vivos. Fortalecer la fe en la resurrección: Leer y meditar pasajes bíblicos que hablan de la vida eterna y participar de la Eucaristía con mayor conciencia de este misterio. Renovar la confianza en Dios: Entregarle los miedos y las dudas sobre el futuro, recordando que para Él “todos están vivos”.
¿Creo firmemente en la resurrección y en la vida eterna? ¿Cómo influye esta esperanza en mi manera de vivir hoy? ¿Busco aquello que permanece o me aferro solo a lo que es pasajero?
Jesús Maestro, gracias porque me llamas a una vida eterna contigo. Aumenta mi fe para creer en la resurrección, y mi esperanza para vivir con los ojos puestos en el cielo. Que mi vida en la tierra sea un camino de amor y fidelidad, para que un día pueda gozar contigo de la plenitud eterna. Amén.


