
Un principio y una actitud fundamental que debemos asumir en la vida es la libertad de estar frente a los demás sin juzgar ni condenar; como personas en relación solo podemos ayudarnos a crecer mutuamente diciéndonos lo que podemos corregir con caridad y misericordia, ya que el juicio le pertenece solo a Dios. Él es el único que puede conocer en profundidad las intenciones que brotan del corazón humano. Por eso, cuando Jesús dice a sus discípulos: “No juzguen, para que no sean juzgados”, nos llama a no ponernos en el lugar de Dios. “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”. El autoconocimiento nos permite valorar nuestra propia verdad, vernos y descubrir el amor que Dios nos tiene; partiendo de la propia experiencia de ser amados, podemos amar a los demás. ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “déjame que te saque la mota del ojo, teniendo una viga en el tuyo?”. Antes de señalar el mal del otro, necesitamos vernos libre de toda falsa apreciación personal. El Señor detesta la hipocresía, pero ama lo real y verdadero que hay en nosotros.
Como cristianos, estamos llamados a hacer presente el reino de Dios en el aquí y el ahora poniendo en práctica las enseñanzas de Jesús; por tanto, el amor y la misericordia deben ser nuestra carta de identidad. Preguntémonos: ¿Soy una persona justa en mi apreciación hacia los demás? ¿Reconozco y agradezco la paciencia del Señor para conmigo? Recordemos aquello que dijo san Juan de la Cruz: “Al final de nuestra vida seremos juzgados en el amor”.
Santísima Trinidad, enséñame a vivir en comunión contigo para que, liberado (a) del temor, pueda vivir en la verdad de amar y no juzgar. Amén.
El Señor nos llama a abandonar la crítica destructiva y practicar la humildad. Nos compromete a reemplazar el juicio hacia los defectos ajenos con un examen de conciencia profundo de nuestras propias fallas, corrigiéndonos primero a nosotros mismos para poder ayudar al prójimo con empatía y sin hipocresía.
“¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo?” (Mt 7, 3).
El Señor nos enseña sobre la humildad y la misericordia. Nos advierte contra el juicio hipócrita, animándonos a corregir nuestras propias fallas antes de señalar los defectos de los demás.


