
Este evangelio nos coloca frente al corazón del camino espiritual: todos pasamos por desiertos. Jesús, siendo Hijo de Dios, no evitó la prueba; la abrazó para enseñarnos cómo enfrentar nuestras propias luchas. En el desierto aparece la fragilidad, la soledad, las preguntas profundas… pero también la oportunidad de volver a lo esencial. Las tentaciones que Jesús recibe son también nuestras: la tentación de vivir solo de lo material, la tentación del poder o del prestigio, la tentación de querer que Dios actúe a nuestra manera. El enemigo siempre ofrece atajos, promesas fáciles, caminos que parecen aliviar pero que nos vacían. Jesús responde con la Palabra, no con fuerza ni argumentos humanos. Su confianza total en el Padre lo sostiene. Él nos muestra que la victoria no viene de evitar la tentación, sino de permanecer firmes en Dios cuando llega. Hoy también vivimos “desiertos”: cansancio, problemas en casa, incertidumbres económicas, soledades silenciosas, heridas que pesan. Pero el desierto no es abandono; es terreno sagrado donde Dios nos purifica y fortalece. La escena termina con un detalle lleno de ternura: después de la batalla, los ángeles sirven a Jesús. Así actúa Dios con nosotros: después de cada lucha, nos consuela, nos levanta, nos cuida. Nada se vive en vano cuando lo vivimos con Él. Cada desierto es una oportunidad para crecer en profundidad. Las tentaciones revelan dónde está nuestra fuerza y nuestra debilidad. Jesús nos enseña que la Palabra de Dios es alimento, defensa y luz. Si permanecemos en Él, ninguna prueba tendrá la última palabra.
¿Cuáles son las tentaciones que más me inquietan o me debilitan hoy? ¿Busco sostenerme en la Palabra de Dios en los momentos difíciles?¿Creo que Dios me acompaña incluso en mis desiertos más dolorosos?
Señor Jesús, llévame este día contigo al desierto para purificar las intenciones más profundas de mi corazón. Que movido por la fuerza de tu Santo Espíritu, aprenda a reconocer aquello que es realmente esencial en mi camino de fe. Amén.
"No solo de pan vive el hombre".
La Palabra de Dios es el arma principal contra el tentador.


