
El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús que nos invita a ser coherentes en nuestra propia vida. “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Hagan, y observen todo lo que les digan”. Esto significa que ellos tienen la autoridad de enseñar lo que es conforme a la Ley de Dios. Sin embargo, justo después, Jesús añade: “Pero no imiten su conducta, porque dicen y no hacen” (v. 2-3). A veces nosotros también exigimos a los demás lo que no estamos dispuestos a dar. Se tiene doble vida. Dice Jesús: “Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas” (v. 4). Esta actitud es un mal ejercicio de la autoridad, que sin embargo, debería tener su primera fuerza precisamente en el buen ejemplo. Jesús nos recuerda que todos somos hermanos y ninguno es superior a nadie, sino servidor; nuestra misión es ayudar y colaborar con la construcción del reino de Dios. Jesús mismo con su vida nos mostró que ha venido no para ser servido, sino para servir.
Hemos recibido tantos dones de Dios que a veces nos olvidamos que todo proviene de Dios y nos sentimos orgullosos y más que los demás. En un momento de reflexión, preguntémonos: ¿Qué momentos he sentido que soy más que los demás y cómo he hecho sentir a las personas?
Jesús Maestro, que reconozca que solo en ti está la plenitud de vida. Que no busque ser aclamado, felicitado u honrado, sino que busque tu gloria y tu justicia para el bien de la humanidad. Amén.
Vivir una fe basada en la coherencia personal, la humildad y el servicio desinteresado.
“Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Mt 23, 12).
El evangelio de hoy es un fuerte llamado a la coherencia de vida, la autenticidad en la fe y la humildad a través del servicio.


