
Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Jesús ve a un ser humano llamado Mateo, más que a un publicano, cobrador de impuestos que favorecen al imperio Romano. Lo mira y es esa mirada la que cautiva a Mateo, porque la mirada de Jesús, Hijo de Dios, no es una mirada displicente y acusadora, que humilla y aplasta, sino una mirada que acoge, ama y levanta. Una mirada de amor que devuelve la dignidad a las personas. Le dice: “Sígueme”. Como vemos, es una orden, mas no le dice “si quieres”, y Mateo al sentirse mirado por el Maestro, acogido y llamado por él, no lo piensa dos veces, sino que inmediatamente se levanta y se va con Jesús. Y estando en la casa, sentado en la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos. He aquí que podemos ver que en la mesa de Jesús no hay acepción de personas.
“Vayan y aprendan qué significa misericordia quiero y no sacrificios”. Qué importante es superar el mero legalismo y poner en primer lugar a las personas. Preguntémonos: Podría ser que, sin darnos cuenta, nos creamos justos y buenos, mejores que los demás a quienes criticamos y juzgamos. ¿Acudimos a Dios reconociendo con humildad nuestros pecados de orgullo y soberbia?
Señor Jesús, gracias por mirarme con amor y decirme “sígueme”. Ayúdame a levantarme, dejar mis errores y seguir tus pasos. Dame un corazón compasivo para amar a los demás y recordar que viniste a sanar y a perdonar a los pecadores. Amén.
Es necesario responder de inmediato al llamado de Jesús, dejar atrás el estilo de vida egoísta o alejado de Dios, y practicar la misericordia con el prójimo por encima de los juicios o rituales vacíos.
Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió (Mt 9, 9).
Jesús enseña que su misión es buscar a los pecadores para ofrecerles salvación y misericordia.


