
ToEn el Evangelio de hoy nos encontramos con una palabra de Jesús que alienta y da valor para afrontar las adversidades de la vida. Dijo a sus discípulos y a cada uno de nosotros: “No tengan miedo a los hombres”, porque nadie tiene el poder para juzgarnos y condenarnos; como personas, todos somos limitados, y humanamente hay momentos en la vida que por alguna circunstancia sentimos que el temor nos paraliza, pero hay algo más fuerte dentro de nosotros que nos mueve y levanta: es la luz de la esperanza. “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehena”. El único temor que debemos permitirnos es el temor de sacar a Dios de nuestra vida, de no incluirlo en nuestras opciones, porque solo Él tiene el poder y autoridad sobre la vida; porque como lo define las Sagradas Escrituras, el temor de Dios es el principio de la verdadera sabiduría. “No tengan miedo”, ya que las dificultades hacen parte de la vida, y el fracaso, la pérdida de algo o alguien, el dolor de una muerte física, el sentirnos en algún momento desolados, son realidades inherentes a nuestra condición humana. El mismo Cristo lo experimentó, ya que fue rechazado, juzgado, condenado a muerte, humillado al ser crucificado; pero no renegó en su sufrimiento; Él clamó y se abandonó en las manos del Padre, quien lo resucitó de entre los muertos y nos alcanzó para todos el don de la salvación.
A veces olvidamos que la vida se construye de pequeños instantes y que cada segundo que respiramos es un regalo que nos viene del cielo, por tanto, el reconocer con humildad lo que corresponde al esfuerzo humano y lo que recibimos como don divino, es una tarea que fortalece nuestra fe. Por tanto, abramos el corazón y dejemos nuestra vida en las manos del Señor. Preguntémonos: ¿Cuál es mi mayor temor en la vida? ¿Confío en la presencia salvadora del Señor?
Señor, Dios de la vida, tú que has vencido a la muerte, enséñame a confiar en ti y caminar con la certeza de que ningún mal me puede apartar de tu amor. Amén.
El Señor nos exige testimoniar la fe sin temor a las amenazas, reconociendo que Dios protege y valora profundamente a sus discípulos. Proclamemos el Evangelio con valentía y pongamos nuestra confianza absoluta en el Padre, quien cuida de cada detalle de nuestra existencia.
“Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo” (Mt 10, 32).
Jesús nos exhorta a vivir la fe con valentía y sin temor a las dificultades.


