21 de junio

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

“No tengan miedo a los que matan el cuerpo”
(Mt 6, 24-34)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

ToEn el Evangelio de hoy nos encontramos con una palabra de Jesús que alienta y da valor para afrontar las adversidades de la vida. Dijo a sus discípulos y a cada uno de nosotros: “No tengan miedo a los hombres”, porque nadie tiene el poder para juzgarnos y condenarnos; como personas, todos somos limitados, y humanamente hay momentos en la vida que por alguna circunstancia sentimos que el temor nos paraliza, pero hay algo más fuerte dentro de nosotros que nos mueve y levanta: es la luz de la esperanza. “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehena”. El único temor que debemos permitirnos es el temor de sacar a Dios de nuestra vida, de no incluirlo en nuestras opciones, porque solo Él tiene el poder y autoridad sobre la vida; porque como lo define las Sagradas Escrituras, el temor de Dios es el principio de la verdadera sabiduría. “No tengan miedo”, ya que las dificultades hacen parte de la vida, y el fracaso, la pérdida de algo o alguien, el dolor de una muerte física, el sentirnos en algún momento desolados, son realidades inherentes a nuestra condición humana. El mismo Cristo lo experimentó, ya que fue rechazado, juzgado, condenado a muerte, humillado al ser crucificado; pero no renegó en su sufrimiento; Él clamó y se abandonó en las manos del Padre, quien lo resucitó de entre los muertos y nos alcanzó para todos el don de la salvación.

Reflexionemos:

A veces olvidamos que la vida se construye de pequeños instantes y que cada segundo que respiramos es un regalo que nos viene del cielo, por tanto, el reconocer con humildad lo que corresponde al esfuerzo humano y lo que recibimos como don divino, es una tarea que fortalece nuestra fe. Por tanto, abramos el corazón y dejemos nuestra vida en las manos del Señor. Preguntémonos: ¿Cuál es mi mayor temor en la vida? ¿Confío en la presencia salvadora del Señor?

Oremos:

Señor, Dios de la vida, tú que has vencido a la muerte, enséñame a confiar en ti y caminar con la certeza de que ningún mal me puede apartar de tu amor. Amén.

Actuemos:

El Señor nos exige testimoniar la fe sin temor a las amenazas, reconociendo que Dios protege y valora profundamente a sus discípulos. Proclamemos el Evangelio con valentía y pongamos nuestra confianza absoluta en el Padre, quien cuida de cada detalle de nuestra existencia.

Recordemos:

“Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo” (Mt 10, 32).

Profundicemos:

Jesús nos exhorta a vivir la fe con valentía y sin temor a las dificultades.

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