21 de febrero

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

"No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores"
(Lc 5,27-32)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El encuentro de Jesús con Leví es uno de los momentos más hermosos del evangelio, porque revela cómo mira Dios: no desde la condena, sino desde la posibilidad. Leví era un recaudador de impuestos, un hombre rechazado, cuestionado y considerado pecador público. Sin embargo, Jesús no lo juzga por su pasado; lo llama por su nombre y lo invita a comenzar de nuevo. Este gesto nos muestra que nadie está fuera del alcance de la misericordia. Jesús ve más allá de nuestras caídas, de nuestros errores, de lo que otros piensan de nosotros. Su mirada rescata, levanta y abre caminos donde nosotros vemos muros. Leví responde dejando todo. No porque estuviera preparado, sino porque se sintió mirado con amor. A veces pensamos que para seguir a Jesús debemos tenerlo todo resuelto, pero Él nos llama tal como estamos. La conversión no empieza cuando somos perfectos, sino cuando nos dejamos encontrar. Las críticas de los fariseos reflejan muchos juicios que persisten hoy: “¿Cómo Dios va a fijarse en alguien así?”. Jesús responde con claridad: Él viene para los que necesitan esperanza, para los que sienten que no pueden más, para los que cargan heridas, culpas o historias difíciles. Este evangelio nos invita a reconocer nuestra necesidad de Dios y a dejar que su misericordia transforme lo que aún está roto dentro de nosotros. Jesús nos mira como miró a Leví, no por lo que hemos sido, sino por lo que podemos llegar a ser. Su llamada nos libera de la culpa y nos invita a empezar de nuevo. Solo quien se reconoce necesitado experimenta la profundidad de su amor. La conversión es un camino de confianza, no de miedo.

Reflexionemos:

¿Qué parte de mi vida necesita hoy la mirada misericordiosa de Jesús? ¿Me creo indigno a veces de seguirlo, en vez de dejarme levantar por Él? ¿A quién debo mirar con más misericordia, evitando juzgar como los fariseos?

Oremos:

Señor Jesús, gracias por llamarme a pesar de mis faltas. Gracias porque con tu llamado me abres nuevos horizontes y ensanchas mi capacidad de amar, perdonar y servir a los demás. Amén.

Recordemos:

"No he venido por los sanos, sino por los enfermos".

Profundicemos:

Jesús es el médico que viene a sanar nuestra fragilidad.

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