20 de septiembre

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

“¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”
(Mt 20,1-16)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

Jesús cuenta a sus discípulos lo que por muchos años hemos conocido como la Parábola de los obreros de la viña, pero que, si nos detenemos a profundizarla, nos damos cuenta que Jesús sabe, que el protagonista de esta parábola no son los obreros que son invitados a trabajar por el dueño de la viña que sale a distintas horas del día y los invita a trabajar. Tampoco está en primer plano el trabajo, sino Dios, infinito en amor y generosidad para con todos; Él es el dueño de la viña que llama e invita a trabajar, y que al final de la jornada, desconcierta a los que fueron contratados en la mañana, porque el pago será igual, tanto para los que fueron a primera hora, como a los que fueron a la última hora. El padre Fernando Amellini nos dice: “Con esta parábola, Jesús destruye ese modo farisaico de relacionarse con Dios”. El amor de Dios no se compra, no se conquista, no puede ser valorado por las buenas obras, sino que se recibe gratuitamente y en proporción a la necesidad que tenemos de él.

Reflexionemos:

En la viña de Dios, todos recibimos de él, el mismo amor, pues Dios es nuestro Padre y entre nosotros somos hermanos, no rivales. Jesús nos muestra con su Palabra y con su vida la bondad infinita de Dios. Preguntémonos: La hora de Dios no es nuestra hora, sale a buscarnos, pero lo importante es que respondamos con generosidad y responsabilidad y sin envidias, al ver que el trato de Dios es el mismo tanto para quienes fueron llamados a la primera hora, como a los llamados a última hora.

Oremos:

Señor Jesús, gracias por tu generosidad infinita. Líbrame de la envidia y del orgullo de creerme más que los demás. Enséñame a alegrarme con el bien ajeno y a confiar en tu justicia llena de amor, sabiendo que para ti todos somos valiosos. Amén.

Actuemos:

La acción no se basa en el mérito humano, el esfuerzo o la antigüedad, sino en responder fielmente al llamado de Dios y aceptar su soberana generosidad.

Recordemos:

“Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos” (Mt 20, 16).

Profundicemos:

La salvación y el favor de Dios se basan puramente en su gracia soberana y generosidad, no en el mérito humano ni en la antigüedad de los creyentes.

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