
Jesús se acerca a Jerusalén y, al ver la ciudad, se conmueve hasta las lágrimas. No llora por Él, sino por la ceguera espiritual de su pueblo, incapaz de reconocer en Él al Mesías que trae la verdadera paz. El Señor anuncia el sufrimiento que vendrá: el asedio, la destrucción y el dolor, como consecuencia de no haber acogido el tiempo de gracia y salvación que Dios les ofrecía. Es un lamento lleno de amor y de compasión, que muestra el corazón misericordioso de Jesús ante quienes se cierran a su presencia. Vivir en vigilancia espiritual: Estar atentos a los “momentos de gracia” en los que Dios se acerca a través de personas, circunstancias o su Palabra. Cultiva un corazón sensible: No seamos indiferentes ante el dolor ajeno; busquemos consolar, acompañar y ser instrumentos de paz. Acojamos la paz de Jesús, recordemos que no se trata de ausencia de problemas, sino de la certeza de que Dios está con nosotros y nos sostiene. Respondamos al llamado a la conversión: No dejemos para después aquello que el Espíritu Santo nos inspira hoy. Cada día puede ser “el tiempo de su visita”.
¿Qué “momentos de visita” de Dios estoy viviendo hoy en mi vida? ¿Reconozco los signos de su presencia, o me dejo llevar por la distracción o la indiferencia? ¿Qué actitudes necesito cambiar para acoger la paz que Jesús quiere darme? ¿Me duele el sufrimiento de los demás como a Jesús le dolía el futuro de Jerusalén?
Jesús Maestro, tú que lloraste por Jerusalén, abre mis ojos para reconocer tu presencia en mi vida. No permitas que la rutina o el miedo me hagan sordo a tu llamada. Dame un corazón humilde y sensible, capaz de acoger tu paz y de compartirla con quienes me rodean. Amén.


