
Hay expresiones de la sabiduría popular que afirman que “nadie muere el día anterior sino el día que es”. Así parece haberle sucedido a Jesús que no murió antes por más que intentaron despeñarlo, echarle mano o matarlo como sucede en el Evangelio de hoy, “porque los judíos trataban de matarlo”. Pero, aun así, permanecía en Galilea. El evangelista Juan narra cómo Jesús participaba de las celebraciones propias de su pueblo, sin embargo, ya no las frecuentaba de manera pública precisamente porque en ellas corría el riesgo de morir. La fiesta de las tiendas era una de las celebraciones principales del pueblo judío que se celebraba en Jerusalén, así como la Pascua. De ahí, que el pueblo judío creyente subiera hasta Jerusalén para manifestar y expresar, en memoria agradecida, la forma como Dios había conducido a su pueblo a través del desierto y cómo en ese largo caminar de cuarenta años había sido bendecido con el alimento y las tiendas. En medio de estas grandes celebraciones Jesús, quien asiste a escondidas, es plenamente reconocido porque a su paso se encuentra enseñando en el entorno del templo. En medio de la predicación y de la admiración del pueblo frente al mensaje que predica el Señor, la identidad de Jesús causa confusión en medio de los líderes religiosos, quienes esperaban a un Mesías político. El destino de Jesús está claramente definido; de ahí que en su mensaje Él mismo presente con claridad su identidad: “A mí me conocen, y conocen de dónde vengo”. La prolongada celebración de la fiesta, extendida por siete días, atraía cantidad de visitantes y esto despertaba interés en “agarrarlo”; sin embargo, la hora de Dios prevalecerá por encima de los designios humanos y por más que se desee humanamente, “nadie puede echar mano” porque la hora de Dios tiene el tiempo perfecto para actuar y salvar, para sanar y curar. No es el hombre el que define el destino de la humanidad ni el final de las personas, sino únicamente Dios. En síntesis, este pasaje resalta la tensión creciente entre la verdad de Jesús y la ceguera de sus opositores, subrayando que la vida de Jesús sigue un plan divino, no humano.
¿Qué experiencias me han llevado a percibir en mi camino de vida cristiana que es preciso esperar el tiempo de Dios? Del tiempo de Dios, ¿qué he logrado aprender pedagógicamente para cumplir su voluntad?
Señor Jesús, tú que subes en silencio al lugar de la celebración, concédeme la gracia de discernir la voluntad de Dios en mi vida y enséñame a esperarla con paciencia. Dame tu gracia para poder dejar a un lado todo lo que pueda distraerme para llegar a contemplarte y reconocerte. Amén.
Hago memoria de un acontecimiento en que sea preciso reconocer la hora de Dios y no la mía. Describo las situaciones que vivía en ese momento y cómo Dios actuó y fue conduciendo todo. ¿Qué experimento ahora?


