
Todos tenemos necesidad de realizar opciones fundamentales que marcan el destino de nuestra vida. Hoy las palabras de Jesús nos hacen volver a lo que es la raíz de nuestra fe. “No pueden servir a dos señores”. “No pueden servir a Dios y al dinero”. Centrémonos en la experiencia del servicio, recordando las palabras de san Pablo: “Jesús, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomo la condición de esclavo”. El Señor se hizo servidor de los hombres para enseñarnos con su propia vida lo que conlleva el servicio. Nosotros, como creaturas, estamos llamados a servir a Dios en una entrega constante y generosa por amor a los hermanos. También el Evangelio nos advierte del peligro que se corre cuando damos el primer lugar a las riquezas y no a Dios. El dinero y las cosas materiales están puestas a nuestro servicio para que con ellas realicemos el mayor bien y no para que nos dejemos esclavizar por ellas. Dios cuida de nosotros, por tanto, estamos llamados a poner nuestra confianza en Él, que como Padre providente, sabe de qué estamos necesitados. Él nos permite ordenar nuestra vida para que alcancemos la paz y la felicidad que el Señor nos quiere dar.
Como cristianos debemos preocuparnos por “buscar el reino de Dios y su justicia, ya que lo demás nos vendrá por añadidura”. Preguntémonos: ¿Cómo estoy usando los bienes materiales que el Señor me ha permitido alcanzar? ¿Dios ocupa el primer lugar en mi corazón? ¿Confío en su Providencia o dejo que las preocupaciones materiales me quiten la paz?
Dios de la vida, concédeme la gracia de purificar mis sentimientos para dejar que en mi corazón tú ocupes el primer lugar confiando en tu divina Providencia. Amén.
En la medida en que Dios reine entre nosotros podemos despojarnos de angustias, preocupaciones y de todo aquello que nos empobrece.
“No se inquieten entonces, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?’. Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan” (Mt 6, 31-32).
Al personificar el dinero o las riquezas, el Señor señala que los bienes materiales pueden convertirse en un falso dios. La riqueza en sí no es un mal, pero el apego desordenado a ella esclaviza al ser humano y lo aparta del Creador.


