
Ante la presencia de Jesús como mensajero y signo del reino que transforma la vida por donde pasa, se encuentra con quienes ante lo evidente prefieren apegarse a su imagen deformada de Dios justificada por sus formas, antes que acoger a la novedad inesperada del misterio que en el Hijo se nos revela. El signo por excelencia de la acción de Dios para con nosotros es la resurrección de Jesús, y este acontecimiento debe ser la convicción profunda de nuestra fe cristiana; pero no todos han estado o están dispuestos a acogerlo como tal; por eso, el mismo Jesús en un primer momento ante la petición de los fariseos les desenmascara: “generación perversa y adúltera” es decir, generación que actúa conscientemente con doblez, que son desleales y con intención de hacer mal; y, en segundo lugar, les recuerda con ejemplos que ellos son peores que los pueblos paganos, pues algunos de estos que no vieron, solo escucharon y les bastó para disponerse y abrir el corazón a la presencia de Dios. En este sentido, conversión y escucha son los frutos del reino acogido y sembrado en el corazón humano. Para las primeras comunidades cristianas, la proclamación de la resurrección como culmen de la fe, trajo consigo persecuciones y señalamientos de todo tipo que no opacaron ni menguaron la alegría de la proclamación. La exhortación es bastante clara: depuremos nuestras “comprensiones de Dios”, aquellas que están fundadas en nuestros propios intereses, donde Dios es como un dispensador de aquello que queremos, de un Dios formado a nuestra medida y al que se puede conseguir en cualquier estante según nuestras necesidades y que se puede desechar o reemplazar cuando ya no lo necesitamos.
¿Qué sustenta mi fe en Jesús?
Espíritu Santo, ven y comunícanos los dones del Padre a través de la Palabra encarnada, para que, acogiéndolos con gozo, podamos dar sinceros pasos de conversión, haciendo de nuestra vida signo creíble de su presencia entre nosotros. Amén.
Reconozcamos la presencia de Dios en el presente en lugar de exigir pruebas espectaculares. Jesús desafía la incredulidad pidiéndonos una fe auténtica que impulse al cambio de vida.
Él les respondió: “Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás” (Mt 12, 39).
Jesús reprende a los fariseos por exigir milagros espectaculares para creer en Él. Les advierte que no recibirán otra señal que la señal de Jonás (su muerte y resurrección) y declara que los paganos de Nínive y la reina de Saba los condenarán en el juicio final.


