
El Evangelio que acabamos de escuchar nos hace un llamado directo, profundo y urgente: un llamado a la conversión. Jesús les habla hoy a sus discípulos, pero también nos habla al corazón de cada uno de nosotros. Y nos dice con claridad que, si no cambiamos, y no volvemos a ser como niños, simplemente no entraremos en el reino de los cielos. Para entender esto, debemos mirar la lección de Jesús, Él pone en el centro la humildad y la sencillez de los niños como la virtud fundamental para formar parte de su Reino, Pero, ¡atención, hermanos!, no olvidemos cómo eran las cosas en aquel tiempo. En la época de Jesús, los niños eran personas desatendidas, sin voz, sin poder y sin ninguna importancia en la estructura social. Ahí es donde la lógica de Dios rompe por completo nuestra lógica humana. El mundo nos enseña a buscar el poder, el prestigio y el primer lugar. Sin embargo, la lógica de Jesús funciona al revés: los que son considerados los menos importantes en la tierra, resultan ser los más grandes en el Reino de los Cielos. De muchas maneras y en muchos momentos, Jesús nos ha recordado esta verdad a lo largo del Evangelio. Hoy, además, la Iglesia celebra con gozo la memoria obligatoria de los santos ángeles custodios. Esta es una realidad misteriosa que solo podemos percibir y acoger a través de los ojos de la fe, Los ángeles son servidores y mensajeros de Dios; son puentes e intermediarios entre el cielo y la tierra. Ellos son para nosotros una guía cercana que nos acompaña en el caminar de la vida. Vienen del cielo y su única misión es llevarnos de vuelta al cielo, ayudándonos a no perdernos por caminos y sendas equivocadas. Cada uno de nosotros tiene un ángel de la guarda. Él nos protege de peligros de los que, a veces, ni siquiera somos conscientes. Pero, sobre todo, nos cuida del mayor peligro de todos: el peligro de cerrar el corazón, no escuchar al Señor y desobedecer su Palabra. Nuestro ángel custodio nos ayuda a descubrir la presencia viva de Dios en medio de nuestra historia concreta, nos protege y nos cuida siempre, de manera muy especial en los momentos difíciles, oscuros o adversos de la existencia. Que este día sea, hermanos, una oportunidad para aceptar con humildad el llamado a la conversión. Volvámonos pequeños y sencillos de corazón, y aprendamos a escuchar el susurro suave que nuestro ángel de la guarda nos hace cada día para guiarnos siempre hacia Jesús.
¿Me esfuerzo por ser pequeño de corazón, confiando y abierto como un niño o niña, o me dejo llevar por la soberbia y el orgullo? ¿Busco servir a los demás con sencillez, especialmente a los más pequeños y olvidados, o me centro solo en mis propios intereses?
Señor Jesús, tú me enseñas que para entrar en el Reino de los cielos debo ser como un niño: humilde, sencillo y confiado. Haz que mi corazón se libere del orgullo y de la búsqueda de poder, para que pueda acoger tu lógica de amor que eleva a los pequeños y olvidados. Concédeme la gracia de la conversión diaria, para que pueda vivir en tu amistad y caminar seguro hacia tu Reino. Amén.
Dedica un pequeño espacio de tiempo para vivir de manera personal un acto de arrepentimiento. Reza en silencio el acto de contrición y después di: “Señor, ten misericordia de mí, porque he pecado”.
San Basilio nos dice: “Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida”.
El Papa Francisco recordó en una Eucaristía en la memoria obligatoria de los santos ángeles custodios que “nadie puede caminar por sí solo”; el ángel custodio es ese compañero fiel que nos ayuda a no errar el camino y nos conduce hacia el lugar preparado por Dios.


