
Las preguntas trascendentales de nuestra vida encuentran su respuesta en lo más simple y sencillo que habita en nuestro interior: “la Verdad”. Hoy el evangelio de Marcos nos lleva a una reflexión profunda sobre la rectitud de nuestras opciones y el lugar que le damos a Dios en nuestra propia existencia. En esta perícopa de entrada descubrimos una alianza estratégica entre dos grupos de personas: los fariseos (unos fanáticos religiosos) y los herodianos (fieles colaboradores del imperio romano) que tienen un único objetivo: “encontrar un motivo para matar a Jesús”; por eso, se acercan a Él con un tono de adulación e hipocresía: “Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupas lo que te digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad” y le lanzan una pregunta: ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos? Pero Jesús viendo sus intenciones no entra en polémica con ellos, sino que con prudencia e imparcialidad les pide traer una moneda en la que ellos mismos pueden ver y leer lo que ahí está impreso. Pagar el tributo hace parte de las normas que rigen el estado, pero nuestra vida le pertenece a Dios y somos libres para actuar de acuerdo al mandamiento divino: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Vivimos en una sociedad que nos ha llevado a creer que la felicidad está en el poseer, y en cuanto más bienes acumulemos, más títulos alcancemos, más fama y reconocimiento social, todo será mejor. Pero no es así, los bienes materiales, los triunfos y metas cumplidas son una bendición si reconocemos que Dios ha intervenido y nos ha concedido la vida, la salud, la inteligencia, las capacidades y los medios para alcanzar lo que tenemos y estar en el lugar donde nos encontramos. Preguntémonos: ¿sé darle a Dios el primer lugar todos los días de mi vida? O ¿vivo de espejismos y falsas adulaciones para sentir que soy mejor que los demás?
Jesús Maestro, concédeme la gracia de permanecer fiel a tu Palabra, para que mis acciones sean justas, verdaderas y se fortalezca en mi vida la caridad fraterna. Amén.
Que mi fidelidad a Dios me ayude a crecer en la responsabilidad de ofrecer lo mejor de mí en la sociedad y con las personas que a diario me encuentro.


