
Ayer contemplábamos a Jesús que en silencio aceptaba la decisión de los gerasenos que no percibieron el Kairós, la gracia que tiene el reino cuando llega, y esta opción libre de los gerasenos no lo detienen en su misión, sino que se aleja para continuar el camino y justo en la otra orilla que se alegra “porque Dios da a los hombres tal potestad”; estos son quienes llevan ante su presencia un paralítico, y esa fe es la que posibilita el milagro y que el paralítico sea sanado. Si nos detenemos en la fórmula sanadora que pronunció el Señor: “Ánimo hijo, tus pecados te son perdonados”, no dice: “yo te perdono”; por ello, ante la indignación de los escribas, Jesús nos recuerda que acercarse a Él para ser sanado solo es posible desde una transformación total. Notemos que la sanación se da al experimentar el perdón que libera del pecado, desde una dimensión muy profunda, pero esta comprensión de Dios en Jesús tampoco fue acogida fácilmente; lo irónico es que en este pasaje, los que le rechazan, son precisamente aquellos que se suponen “conocen del actuar del Padre”. Estos han olvidado que Dios actúa perdonando, porque las sanaciones son el signo de aquello que Él ofrece en su anuncio del reino. A Dios se le descubre en los excluidos del sistema, porque son ellos los hospederos del don presente en las bienaventuranzas. Esto no debe olvidarlo tampoco el paralítico sanado, pues se le pide llevar la camilla para que siempre recuerde lo que Dios ha hecho por él y que en adelante, él deberá replicar en su relación con los demás para ser signo del reino, de la Buena Nueva.
¿Reconozco en mi vida todo aquello que el Señor ha hecho por mí como signo de su presencia sanadora?
Espíritu Santo, en este nuevo día, asistidos con tu presencia, nos presentarnos ante Dios Padre de misericordia con el corazón dispuesto a la escucha de su Palabra. Que, adentrados en ella, podamos comprender la forma como buscas sanarnos y liberarnos de todo cuanto nos paraliza. Amén.
Acepto el mensaje de ánimo y esperanza en medio de mis momentos de mayor debilidad.
“Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados - dice entonces al paralítico: ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’” (Mt 9, 6).
Al perdonar los pecados, los escribas acusan a Jesús de blasfemia, ya que solo Dios tiene ese poder. Jesús sana al paralítico como prueba irrefutable de que él es el Hijo del Hombre y posee la misma autoridad divina.


