
Podemos descubrir en el texto dos elementos: compasión y compartir. Jesús vio una multitud que lo seguía. El verbo “ver” es clave; comprende una mirada que va más allá y que descubre una humanidad herida. “Y Jesús se compadeció y los curó”. La palabra compasión no es sencillamente sentir piedad; ¡es algo más! Significa compartir, es decir, identificarse con el sufrimiento de los demás, hasta el punto de tomarla sobre sí. Así es Jesús: Él sufre junto con nosotros, con nosotros y por nosotros. Otro elemento es el compartir. Les dice a los discípulos “Denles ustedes de comer”. Ellos quedan desconcertados, ya que es mucha gente para darles de comer. Pero el corazón de Jesús se amplía en un acto de amor infinito, donde no existe el límite para realizar el bien y es allí donde se da la multiplicación del pan y los peces. Este gesto de Jesús es Eucarístico: el pan y el vino sacian el hambre espiritual de la humanidad, son el alimento que se multiplica cada día. Jesús bendice el alimento antes de entregarlo a la gente. Pensemos en tantas madres que comparten el alimento con personas que no son de su familia, su mesa se amplia y de él brota la abundancia. El Dios que seguimos bendice y comparte a todos sus hijos por igual, su amor es tan inmenso que no tiene límites, que incluso, dio su vida por la humanidad; esa es la gratuidad del amor.
El texto nos lleva a preguntarnos sobre cuáles son mis actitudes de compasión con los demás: ¿Cómo estoy acompañando a las personas que son cercanas, que están enfermas o pasan por alguna necesidad?
Señor Jesús, abre mi corazón al dolor de la humanidad; por favor, ayúdame a compartir los panes y peces que tengo con mis hermanos, que no reserve nada para mí, sino que de mi ser broten siempre actitudes de servicio, acogida y escucha sincera. Amén.
Construyamos un mundo fraterno donde erradiquemos el hambre y la miseria material y espiritual, manifestando así el reino de Dios en la tierra.
Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud (Mt 14, 19).
Jesús tiene el poder divino para saciar plenamente todas las necesidades humanas, físicas y espirituales, cuando le entregamos lo poco que tenemos. La escasez humana deja de ser un problema cuando se deposita en las manos de Dios.


