
El Señor está a la puerta de nuestro corazón y nos está llamando a darle pleno sentido a nuestra existencia basada en la fidelidad al proyecto de Dios para con la humanidad. Nos dice el Evangelio hoy: “No atesoren para ustedes tesoros en la tierra”. El verdadero tesoro está en el corazón del ser humano y se centra en los valores del reino de los cielos. Muchas veces nos encadenamos y vivimos sumamente preocupados por los bienes materiales, las riquezas, los títulos y el prestigio. Sin duda, son bendiciones del Señor, pero si dejamos que estos tesoros terrenales nos roben la salud, la alegría, el tiempo para compartir en familia, los amigos y vamos dejando que la codicia o la ambición corroan el corazón, perdiendo el espíritu de servicio, la entrega generosa los demás y los actos de caridad, entonces podemos correr el riesgo de caer en la oscuridad, o sea, de no poder ver los valores del reino eterno. “Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”.
La Providencia divina, jamás se deja esperar. Dios viene a nuestro encuentro cuando lo buscamos con corazón sincero y clamamos a Él dejándonos guiar por la fuerza del amor. Preguntémonos: ¿Cuál es el mi tesoro más preciado y en qué apoyo mí corazón? ¿Cómo uso y qué hago con los bienes materiales que el Señor me ha regalado?
Señor, danos tu luz para caminar por sendas de justicia, amor y libertad. Que pueda sentir el gozo de compartir con otros los bienes que tú nos das. Amén.
Las únicas riquezas que no se dañan ni se roban son el amor, la paciencia, el servicio y la adoración a Dios.
“Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6, 21).
El problema no es poseer bienes, sino permitir que ellos posean al individuo. Tengamos un corazón libre y desprendido, buscando que las acciones reflejen la voluntad divina.


