
El hostigamiento contra Jesús no se detiene. Los fariseos, incapaces de aceptar la verdad, buscan una trampa. Lo sorprendente es que incluso enemigos políticos –fariseos y herodianos– se unen en su odio hacia Él. La pregunta que le plantean es capciosa: cualquier respuesta lo condenaría. Si dice que sí hay que pagar al César, lo acusan de traidor al pueblo; si dice que no, lo denuncian como rebelde contra Roma. Es la encrucijada de la manipulación, la misma que muchas veces también nosotros enfrentamos cuando la sociedad nos pone a prueba con preguntas que buscan hacernos caer. Pero Jesús no se deja atrapar. Con franqueza y justicia desenmascara la intención: “¿Por qué me tientan, hipócritas?”. Él no teme ni al poder político ni al religioso. Les devuelve la mirada hacia la moneda: lleva la imagen del César, por lo tanto, es del César. Y entonces pronuncia la enseñanza que atraviesa los siglos: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Aquí está la clave. Jesús no divide la vida en compartimentos, sino que nos enseña orden y justicia. Tenemos deberes ciudadanos: cumplir con la sociedad, con nuestro trabajo, con nuestras obligaciones. Eso es parte de ser justos. Pero hay algo más grande: nuestro corazón lleva la imagen de Dios. Fuimos creados a su semejanza. Por eso, nuestra vida entera le pertenece a Él. Este pasaje nos invita a preguntarnos: ¿qué imagen reflejan nuestras acciones? ¿La del poder y el egoísmo, o la del amor y la justicia de Dios? Cumplamos con lo que corresponde al mundo, pero nunca olvidemos que lo más profundo de nuestro ser está marcado por la huella divina. Y esa huella nos recuerda que somos suyos, que nuestra vida entera debe rendirse a Él.
¿Qué imagen reflejan mis acciones: ¿la del egoísmo y el poder, o la del amor y la justicia de Dios?
Señor Dios, tú has puesto en mis manos responsabilidades humanas, pero en mi corazón has grabado tu imagen divina. Concédeme vivir con justicia en la sociedad, cumpliendo lo que corresponde al mundo, sin olvidar que mi vida entera te pertenece. Amén.
Que esta semana mis obras reflejen esa huella divina que, en cada gesto, en cada palabra, sienta que le pertenezco al Señor.
La autoridad no saca de sí misma su legitimidad moral. No debe comportarse de manera despótica, sino actuar para el bien común como una “fuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia de la tarea y obligaciones que ha recibido” (CIC 1902)
“Del César lo que es del César, de Dios lo que es de Dios: nuestra vida entera pertenece al Señor”.


