
Por naturaleza, todos los seres humanos llevamos en nuestro interior una fuerza que nos mueve a trascender. Esa fuerza es la gracia del Espíritu que nos mueve a la oración; con ella, entramos en una relación íntima con Dios, para lo que necesitamos: quietud y silencio, para escucharlo en su Palabra y en el acontecer cotidiano; también para descubrir nuestra esencia de creaturas en manos del Creador. Jesús, el Unigénito de Dios, el gran orante por excelencia, nos sumerge en esta experiencia permitiéndonos descubrir a Dios como Padre y nos ha regalado una preciosa oración con la que nos identificamos en la Iglesia universal como una comunidad de hijos necesitados del abrazo de Dios Padre. La oración que Jesús nos enseñó por petición de sus discípulos es el Padre Nuestro, que inicia con esta preciosa invocación: “Padrenuestro que estás en los cielos”. En ella, se contempla el cielo no como un lugar lejano, sino como ese lugar santo que todo lo llena y que habita en nuestro interior; por eso, santificamos también el nombre de Dios y le pedimos que su reino acontezca entre nosotros buscando hacer siempre su voluntad; también le pedimos el alimento no solo material sino también espiritual, el de volver siempre a Él reconociendo nuestra pequeñez y nuestros límites. En esta hermosa oración, abrimos nuestro corazón para ser purificados de todo sentimiento negativo con el que le ofendemos cuando ofendemos a nuestros hermanos. Con esta oración, doblamos nuestras rodillas para que su gracia nos abrace alejándonos de toda tentación de división y nos permita vivir reconciliados.
Jesús en su relación filial con el Padre, nos ha regalado la certeza de que tenemos un Dios que se preocupa por nosotros y que es capaz de darlo todo por amor; por eso, cuando digo Padrenuestro, ¿realmente me comporto como hijo (a) de Dios?, ¿trato a los demás como hijos del mismo Padre?
Señor Jesús, te pedimos que renueves con tu Santo Espíritu nuestro corazón, para ser purificados con la gracia del amor que nos permita llamar a Dios Padre, dador de vida y perdón. Amén.
Transformo mi oración en una relación íntima con Dios y la traduzco en obras concretas de caridad, especialmente para con mi prójimo.
“Y al orar, no charlen mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados” (Mt 6, 7).
Jesús advierte contra la “mucha palabrería”. La oración no es un diálogo para convencer a Dios, sino una conversación íntima con un Padre que ya sabe lo que nos hace falta.


