
Un fariseo rogó a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. y ya estando a la mesa, entra una mujer, a quien el fariseo que invitó a Jesús le conoce como una pecadora pública y a sus adentros piensa: si este fuera un profeta, sabría que, clase de mujer lo está tocando: una pecadora. La mujer, en cambio sabe quién es Jesús, conoce su grande amor y misericordia, por eso al enterarse de su presencia en casa del fariseo, va segura de alcanzar el perdón de sus pecados. Jesús que no hace acepción de personas, ve a una mujer, que ha tenido con él detalles, que, a su anfitrión, se le había pasado por alto y que en cambio esta mujer los ha tenido en abundancia. Jesús de manera respetuosa y delicada, ayuda a Simón el fariseo con el ejemplo de un prestamista que perdona la deuda a dos personas que le debían, y no tenían para pagarle. Y, ¿cuál de los dos le amaría más? Lógicamente que le ama más, el que le debía más. Y concluye diciéndole a Simón refiriéndose a la mujer pecadora. “Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, poco ama”.
La mujer ama y cree en Jesús, y va en su busca, su encuentro con él cambia la vida. Jesús no deja pasar por alto frente a quienes están en el banquete, para decirle estas cosas: “Mujer, tus pecados te son perdonados”, “tu fe te ha salvado”. Así es, creer en Jesús y dejarlo entrar en nuestra vida nos salva. Preguntémonos: ¿Qué nombre tiene nuestro mejor perfume que podemos derrocharlo con generosidad, dejando en los ambientes por donde vamos ese aroma suave y agradable que es un bien para nosotros y para los demás?
Señor Jesús, gracias por tu inmenso amor y perdón. Como la mujer del Evangelio, me acerco a ti con humildad y confianza. Lava mis faltas, aumenta mi fe y dame tu paz. Amén.
La acción se manifiesta no a través del cumplimiento de normas sociales o religiosas externas, sino mediante una entrega radical, un amor agradecido y una fe activa que nace de reconocerse profundamente perdonado.
Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz” (Lc 37, 50).
El amor y la gratitud sincera son la respuesta natural a la magnitud del perdón recibido.


