17 de marzo

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

“Al momento aquel hombre quedó sano ”
(Jn 5, 1-16)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

El evangelista Juan de nuevo coloca a Jesús en Jerusalén en una fiesta, esta vez a diferencia de la anterior, no se sabe cuál es. Inmediatamente lo ubica a la entrada en la Puerta de las Ovejas, junto a la piscina de Betesda o Betsaida; al parecer, es el lugar por el cual pasaban las ovejas que iban a ser sacrificadas en el templo, de ahí que las ovejas y el agua representan el misterio pascual del sacrificio. Es una clara referencia a que también nosotros somos sumergidos, salvados y redimidos por el Señor, el Cordero Pascual. La entrada se encontraba distante del templo y esto nos ayuda a entender que enfermos, ciegos, cojos, o paralíticos, estaban excluidos y quedaban al borde de la entrada, donde intentaban acercarse y ser sanados. El pasaje destaca que el Señor es la verdadera fuente de sanación, superior a las soluciones humanas. La pregunta “¿quieres curarte?” es vista como un llamado a tomar control de la propia vida y dejar atrás la parálisis espiritual. La curación implica un compromiso de conversión (no pecar más) y de caminar en la luz de Jesús. Jesús al percibir con sus palabras la fuerza del deseo de su corazón le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar”. El texto afirma que “al momento, quedó sano, tomó su camilla y echó a andar”. El encuentro y la certeza de las palabras de quien anhelaba la curación y de quien tenía el poder se han cumplido. El problema ahora se vivía como tensión entre Jesús y las autoridades en este entorno del templo y en Jerusalén, donde la prescripción ritual era cumplida exactamente como la ley lo ordenaba; de ahí que siendo sábado era preciso guardar la prescripción del descanso sabático. La respuesta del hombre, quien no reconocía a Jesús, genera entre los judíos que lo acusaban más razones para hacer obvia esa persecución, porque precisamente el hombre sanado al reconocer que Jesús había hecho el milagro, no lo lleva al agradecerle a él, sino que lo lleva al encuentro con los judíos para acusarle.

Reflexionemos:

El texto afirma cómo los judíos le preguntan al hombre sanado por la identidad de quien lo había curado. Sin embargo, él sabe que le curó, pero no lo reconoce, no ha establecido con él una identidad cercana. Igualmente, es probable que suceda esto mismo con nosotros: la acción misericordiosa de Dios puede curarnos, pero no lo reconocemos o, aún peor, le reconocemos solo por nuestros intereses y necesidades mas no siempre.

Oremos:

Señor Jesús, existen muchas realidades que no me permiten llegar al agua viva que salva y transforma. Guía mis pasos para que al encontrarme contigo, al borde de la piscina, cure mis enfermedades y pueda reconocer que tú eres el agua que purifica mis heridas y salva mi vida. Amén.

Actuemos:

¿En qué aguas de mi vida y mi existencia he sentido sanación y transformación?

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