
El seguimiento y adhesión a la persona de Jesús nos exige autenticidad y libertad para orientar nuestra vida en tres direcciones: 1. Nuestra relación con Dios la cual se fortalece y alimenta en la oración. 2. Somos seres en relación y necesitamos de los demás para crecer como personas; por eso, practicar la caridad es fundamental. 3. Debemos cuidar de nuestra propia persona; por eso, ayunar es revestirse de humildad y sinceridad para entrar en nuestro propio corazón y ver ahí aquello que cada uno está llamado a cambiar. Por eso, cuando Jesús dice a sus discípulos: “Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos”, también nos lo dice a cada uno de nosotros para que recordemos siempre que nuestra vida y nuestros actos están bajo la mirada de Dios. Él ve y conoce cada uno de nuestros pasos, “por eso, cuando hacemos limosna no debemos pregonarlo”. Las buenas acciones brotan del corazón y, de las manos del Señor, nos viene la recompensa. “Cuando vayas a orar, entra en tu habitación, cierra la puerta y reza a tu Padre a escondidas”. La oración es bálsamo para el alma, que nos sumerge en ese espacio íntimo y privilegiado que en el silencio y en lo secreto va fortaleciendo esos lazos de amistad con Dios y alivia nuestras cargas para hacer de este viaje llamado vida, una experiencia que tienda a la eternidad.
La propuesta del Evangelio es que como cristianos no debemos preocuparnos tanto por el reconocimiento, los privilegios y aplausos, sino el de asumir un estilo de vida coherente que nos asemeje cada vez más al estilo de vida de Jesús. Preguntémonos: ¿Soy coherente y sincero al practicar el ayuno, la limosna y la oración?
Señor Jesús, Maestro bueno, me abandono en tus manos y te pido con toda confianza fortalezcas mi mente, voluntad y corazón para caminar en la esperanza de los hijos de Dios. Amén.
Señor Jesús, Maestro bueno, me abandono en tus manos y te pido con toda confianza fortalezcas mi mente, voluntad y corazón para caminar en la esperanza de los hijos de Dios. Amén.
“Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará”.
La acción recta no debe hacerse para “ser vistos por los hombres”. Cuando el bien se convierte en un espectáculo, la recompensa humana anula la recompensa divina.


