
Este evangelio presenta una situación muy humana: la preocupación por lo material que nos cierra a lo esencial. Los discípulos se angustian porque solo tienen un pan, mientras Jesús intenta llevarlos a una comprensión más profunda. Él no habla de pan, sino del peligro de una fe contaminada por la hipocresía, la frialdad y la falta de coherencia, la “levadura” que hincha sin nutrir. Pero los discípulos están tan atrapados en sus necesidades inmediatas que no escuchan. También a nosotros nos pasa. Nos preocupamos tanto por lo urgente, por los problemas del día a día, que dejamos de percibir aquello que Dios nos está diciendo. Nos invade la ansiedad por el trabajo, la economía, la salud, los conflictos familiares, y el corazón se endurece. Jesús nos pregunta hoy: “¿Todavía no entienden? ¿No recuerdan lo que he hecho por ustedes?”. El Señor nos invita a confiar. Si Él multiplicó los panes cuando no había nada, ¿cómo no va a acompañarnos ahora? El problema no es la falta de recursos, sino la falta de memoria espiritual. Olvidamos sus obras, sus cuidados, su fidelidad. Jesús quiere que miremos más allá de los cálculos y de los miedos, que reconozcamos su presencia en medio de lo pequeño. Su palabra nos despierta: no temas la falta externa; teme la falta de fe. El único pan que no puede faltar es Él. Jesús nos invita a vigilar qué “levaduras” están influyendo en nuestra vida: el desánimo, la desconfianza, la dureza del corazón. Nos llama a recordar sus obras para recuperar la serenidad y la fe. Si Jesús está con nosotros, nada esencial falta. Lo que necesitamos es abrir los ojos del alma.
¿Qué preocupación me impide escuchar a Jesús hoy?, ¿De qué “levadura” necesito cuidarme: egoísmo, frialdad, incredulidad?, ¿Recuerdo las veces en que Dios ha obrado en mi existencia?
Señor Jesús, ayúdame a reconocer aquellas actitudes negativas que me separan de ti. Dame tu sabiduría para comprender mejor tus enseñanzas y llevarlas a la vida de cada día. Amén.
"¿Aún no entienden ni comprenden?"
Debemos cuidar que la "levadura" del mal (egoísmo) no fermente nuestra vida.


