
Dijo el Señor: “¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes? Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de:“‘Hemos tocado la flauta y no han bailado, hemos entonado lamentaciones, y no han llorado’”. Jesús lo tuvo difícil con las clases dirigentes de su tiempo, que no pocas veces estaban cerradas en sus esquemas, en sus normas y leyes, que no les permitía ver el paso de Dios a través de sus enviados, ni de ver sus signos. Y lo vemos en su actitud negativa hacia Juan Bautista un hombre de Dios, que oraba, ayunaba, e invitaba a la conversión, pues lo tildaron de endemoniado, luego a Jesús, siempre cercano, compasivo y misericordioso, lo califican de comilón, amigo de pecadores; no son capaces de abrir los ojos de su alma para ver a Dios actuando a través de sus enviados ni a través de su Hijo Jesús, que está con los marginados, los pobres, los publicanos, los excluidos y pecadores. Es necesario “dejar a Dios ser Dios” y no quererlo a nuestras órdenes, haciendo lo que nosotros queremos y que se acomode a nuestra manera de ser, querer y pensar.
Necesitamos aprender a descubrir a Dios en nuestro día a día y aceptar que sus designios no coinciden con los nuestros, que no pocas veces son estrechos y mezquinos. Necesitamos aprender de Jesús, a caminar con nuestra gente, a practicar el perdón y la misericordia. Preguntémonos: ¿Estamos dispuestos a abrir nuestro corazón y nuestra mente, para reconocer a Dios a través de las personas y de las circunstancias diarias de nuestra vida?
Señor Jesús, quita de mí la actitud de quien siempre critica y nunca se alegra. Dame un corazón humilde para reconocer tu presencia, aceptar tu sabiduría y vivir con sencillez de fe cada día. Amén.
Superemos la actitud infantil de la queja constante y la crítica estéril.
“Pero la Sabiduría ha sido reconocida como justa por todos sus hijos (Lc 7, 35).
La verdad de Dios no depende de caprichos humanos, sino que se comprueba por sus frutos.


