
El Evangelio de hoy nos presenta la fe de una mujer cananea, que rompe todos los protocolos de su tiempo y le implora a Jesús por su hija. A ella no le interesa que la escuchen o la vean; su dolor es demasiado grande por su hija enferma. Jesús parece no escuchar este grito de dolor, hasta el punto de suscitar la intervención de los discípulos que interceden por ella. La mujer sigue gritando: “¡Ten piedad de mí, Señor, ¡Hijo de David!” (v. 22). Pero Y la mujer confía sin desanimarse hasta el extremo que, postrándose ante Él, le dice: “¡Señor, socórreme!”. Al final, ante tanta insistencia, Jesús permanece admirado, casi estupefacto, por la fe de una mujer pagana. Y accede diciéndole: “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas”. Desde aquel momento quedó curada su hija. La fe mueve montañas. Esta mujer logra el cambio de paradigmas de Jesús y su acercamiento a los paganos. El Evangelio va más allá de culturas y razas, toca el corazón para sanar, escucha los gritos de dolor e interviene en el corazón humano cuando se tiene fe.
El texto cuestiona nuestras formas de ser con las personas que son de otras culturas o que piensan diferentes a mí. ¿Cuál es mi actitud frente a lo diverso y distinto?
Señor Jesús, Maestro de vida, ayúdame a ser como la mujer cananea que creyó en ti. Sé que no merezco nada por mis faltas, pero confío en tu inmensa bondad. Aumenta mi fe, para no desanimarme en la prueba y saber que para ti nada es imposible. Amén.
Practiquemos una fe perseverante, una humildad profunda y una apertura universal al amor de Dios sin excluir a nadie.
Ella respondió: “¡Y, sin embargo, Señor, los perritos comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!” (Mt 15, 27).
La fe verdadera y humilde trasciende cualquier barrera cultural o religiosa, abriendo la puerta a la gracia universal de Dios.


