
El camino cuaresmal por medio de la Palabra nos ha permitido vivir una profunda experiencia espiritual a través de diversos escenarios durante estos cuatro domingos de Cuaresma. Del desierto de nuestras vidas hemos pasado a la contemplación del misterio en el monte que nos devuelve al corazón del Maestro; de la sed que nos llevó pasamos al encuentro de la propia existencia. En este cuarto domingo de Cuaresma, reconoceremos cuáles son aquellas cegueras que no nos dejan abrirnos al amor de Dios. La vida cristiana y la celebración de los grandes misterios de nuestra fe son un camino cotidiano que en nuestra existencia nos colocan en conversión continua, porque solo el corazón que prepara su pascua vuelve al encuentro de su Maestro en el Getsemaní de su propia existencia, en su Calvario o en el camino a su Emaús. La ceguera del hombre del camino, viene dada no como una condición para juzgar al culpable, o a la generación que pecó, sino como mediación para que se manifieste la gracia de Dios; no se trata solo de buscar las consecuencias del padecimiento físico, sino de ir más allá, permitiendo que la gracia de Dios actué. En este sentido, Jesús durante la Pascua, se manifiesta con su identidad plena a través de una de sus más fuertes autorrevelaciones: “Yo soy la luz”. El dinamismo bautismal de nuevo se coloca como experiencia fundamental: del agua que calma la sed pasamos al agua que lava y recobra la vista; el bautismo nos sumergirá en el misterio de la noche para devolvernos a la gracia de la luz y al abrazo del Padre, en comunión con la comunidad de fe. La acción salvadora y la identidad de quien obra el milagro no es clara porque no todos lo reconocen, solo quien ha escuchado sobre sus acciones y milagros lo identifican como “el hombre que se llama Jesús”. Así, una vez el ciego conoce la identidad de Jesús lo identifica como Profeta. El Señor hoy nos quiere devolver la vista, por tanto, escuchemos su voz y démosle gloria con nuestra vida que empieza a renacer en el Espíritu que nos da la luz.
Las cegueras que acontecen en el camino de mi vida personal tal vez no sean físicas porque no implican la vista como sentido, pero puede ser que ellas impliquen una ceguera espiritual, moral o psicológica. ¿Al borde de qué caminos me detengo para intentar curarlas y sanarlas?
Señor Jesús, te doy gracias porque con la luz de mis ojos veo el borde del camino, sin embargo, con la luz del corazón no siempre logro ver con claridad. Que el gozo de tu luz alcance las oscuridades de mi existencia más profundas e ilumine la luz de mi fe. Te pido por todas aquellos que aún no te han conocido y andan en tinieblas para que algún día abran los ojos de sus corazones a tu amor. Amén.
¿Qué experiencias personales, familiares, espirituales me han conducido de la oscuridad a la luz?


