
Una de las claves de interpretación del Evangelio de Mateo es la pequeñez cuya cualidad esencial es la sencillez que aliviana y despoja el corazón; estos son aquellos a través del cual el reino se hace presente para revelar su rostro concreto. Escuchamos de Jesús una vez más, la alegría que se hace oración y cántico de alabanza por el corazón del Padre que se inclina en favor de los pobres en el espíritu, de los sencillos, porque a los sabios y entendidos les basta su propio saber. Es precisamente la realidad de los últimos que hace que el rostro de Dios se vuelque sin medida hacia ellos para señalarnos el camino como verdaderos discípulos del Señor. Es Él quien se revela a nosotros y nos pide descalzarnos de nuestras arrogancias y falsas seguridades, para acompañar al hermano que camina con nosotros. Dios también camina con nosotros, ese mismo Dios, a quien Jesús nos a revela en total y absoluta gratuidad. Sintamos el llamado del Señor y agradezcámosle porque Él no es indiferente ante nuestras realidades y nos colma siempre de “gracia y ternura”.
¿Me descalzo ante la presencia del Señor que hace sagrada toda forma de vida?
Espíritu Santo, llévanos hacia la tierra sagrada donde habita el Padre. Que cuando escuchemos su voz por medio de su Palabra, experimentemos la certeza de su presencia en lo profundo de nuestro corazón. Concédenos la gracia de acompañar a tantos hermanos nuestros que necesitan ser escuchados y acompañados para que a través de nosotros, Dios mismo sea quien actúe. Amén.
Adoptemos una actitud de humildad y sencillez de corazón, porque las verdades más importantes del cielo no se les revelan a las personas que se creen muy sabias o inteligentes, sino a la gente sencilla.
“Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27).
Dejemos de lado la autosuficiencia, el orgullo y las pretensiones intelectuales para acercarnos a Dios con un corazón abierto, sencillo y dócil.


