
En la liturgia de este domingo, nos encontramos con un texto muy bello que nos habla de la iniciativa divina, en la que Dios hace una alianza con su pueblo y lo elige para que sea una nación santa, proponiéndole ser “su propiedad personal entre todos los pueblos”. Y Jesús para dar cumplimiento al plan de salvación del Padre continúa sus enseñanzas, manifestando su compasión por la muchedumbre que lo seguían y que estaban cansadas y abandonadas; en Jesús, Dios manifiesta sus entrañas de bondad y misericordia por su pueblo que sufre; por eso, dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Continúa diciendo el texto que Jesús “llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. Con esta misión, Jesús los constituye en sus colaboradores para ser portadores de vida nueva a la humanidad, para restaurar los corazones rotos y heridos, para acompañar a quien se siente solo o se siente violentado. Estos misioneros son llamados a formar comunidad y en ella, son enviados a anunciar, a hacer presente el Reino de los Cielos.
Vivimos en una sociedad herida que necesita mucho de la presencia de Dios, conocemos los nombres de los primeros apóstoles con los cuales nació la Iglesia y que recibieron la misión directa de labios de Jesús para proclamar su Reino. Preguntémonos: ¿Hoy siento que el Señor pronuncia mi nombre y me compromete para ser obrero de su Evangelio?
Señor Jesús Divino Maestro, tú que me llamas a la santidad, concédeme la gracia de una vida coherente para que pueda sanar los corazones rotos de aquellos hermanos que, por nuestra indiferencia, muchas veces se alejan de la vida de tu Iglesia. Amén.
Reconozco el sufrimiento, la confusión y la soledad de las personas a tu alrededor, sintiendo su dolor como propio en lugar de pasar de largo.
“Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36).
Toda vocación sacerdotal, religiosa y laical es un don divino que debe suplicarse activamente a través de la oración litúrgica y personal.


