
Jesús en el texto de hoy pone de frente la dureza del ser humano para reconocer su presencia; este hecho le causa indignación y hace brotar de sus labios un reclamo por tanta ceguera de corazón y falta de conversión; es decir, la incapacidad para orientar la vida hacia el horizonte del reino para continuar la vida como si Él no hubiese pasado por ahí a través de sus obras. Son muchas las posibilidades en donde el Señor quiere acercarnos al corazón del Padre, para que podamos reconocer su presencia y orientar nuestra vida hacia Él; sin embargo, nuestro obstinado corazón nos lleva hacia caminos contrarios; es el ejemplo que Jesús pone de manifiesto con Sodoma y Gomorra, rechazando y tratando de dañar a aquellos hombres forasteros que resultaron ser la presencia misma de Dios, cometiendo así un acto gravísimo en un contexto donde la hospitalidad para el forastero es casi que un mandamiento; recordemos que en el credo israelita se pide acoger a quien toca a tu casa, pues ellos saben mejor que nadie lo que significa no tener tierra y andar como forasteros en tierra extranjera. Lo interesante es que en el caso de Jesús, estos pueblos sí han sido testigos del poder del reino, pues las ciudades donde Jesús ha ido, sí han escuchado y visto quién es y de parte de quién viene. Es momento de detenernos un poco, de contemplar la acción de Dios en cada uno y preguntarnos hasta qué punto nuestra poca fe nos convierte en impedimento al plan de salvación; por tanto, no dejemos que esto acontezca en nosotros porque en últimas, somos nosotros quienes decidimos si entramos o no en la corriente del reino.
¿Qué obstáculos pongo a la acción de Dios en mi vida?
Espíritu Santo, en tu presencia no hay lugar en el ser humano donde no llegue el amor del Padre. Concédenos la gracia de dejar que la Palabra abra las puertas de nuestro corazón y nos convierta en creaturas nuevas. Amén.
El verdadero compromiso no es solo ser espectadores de las cosas buenas de Dios, sino dejar que esas acciones transformen nuestro corazón.
“Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes” (Mt 11, 22).
Recibir más bendiciones exige mayor responsabilidad; la indiferencia es más peligrosa que el pecado flagrante, y las oportunidades de conversión no deben desperdiciarse.


