
Juan está encarcelado, pero es ahí donde oye todas las obras buenas que está haciendo Jesús y ante la duda que le surge, envía a dos discípulos suyos, a que le pregunten si es él quien tiene que venir o deben esperar a otro. Ante esta pregunta directa, Jesús le manda igualmente una respuesta concreta, que consiste en que le comuniquen aquello que están viendo y oyendo: que la gente recuperaba la vista, volvía a caminar, quedaban limpios de la lepra, los pobres, recibían el Evangelio. Y nos dimos cuenta que cuando los discípulos de Juan se retiran, Jesús ante la gente que le escucha, los cuestiona sobre a quién fueron a ver en el desierto, y les deja claro, que Juan el Bautista era un profeta, el mensajero que irá delante de él. Juan el Bautista como cualquier ser humano tiene derecho a dudar, y Jesús lo invita a ver sus obras. Obras que muestran la humanidad de Jesús, que no es indiferente al dolor y sufrimiento de la gente, sino que, a través de las curaciones, les devuelve la esperanza, la alegría y las ganas de vivir.
¿Conocemos la realidad de lo que estamos viviendo? Si es así, no dejemos para mañana el tender una mano, a quien lo necesite.
Señor, Jesús, enséñame en este tiempo de Adviento a reconocer tu presencia en cada cosa que vivo y la semilla de bien que siembras a diario en mi corazón. Ayúdame a reflejar tu amor y tu misericordia en cada gesto de servicio, bondad y cercanía que puedo tener hacia quienes están a mi lado. Amén.
Los bellos discursos espirituales, están bien, pero hay que dar el salto de los discursos elocuentes a la acción. Dios no quiere el sufrimiento, la resignación, y pasividad ante tanto dolor humano. Todos podemos salir al encuentro de tantas personas que sufren.


