14 de abril

 

Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve por medio de Él (Jn 3, 17)

 

Una de las grandes enseñanzas que nos trae el resucitado con su muerte y resurrección, es el gran amor que Dios tiene hacia la humanidad. Un amor que no condena, ni tiene condiciones ni privilegios, sino que solo busca llevar a las personas al conocimiento de la verdad y a la gratuidad de su salvación: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna y nadie perezca”. Un amor que nos invita también a caminar en la luz del resucitado, a dejar de lado las apariencias o las máscaras que nos impiden darnos a conocer a los demás tal como somos. Pidamos al Señor, en este día la capacidad de aprender a acoger nuestra realidad personal con sus luces y sombras, crecer en nuestra libertad interior para compartir con alegría aquello que somos y creemos; aprender a caminar cada día tras las huellas del resucitado; y ser para los demás signos visibles de su amor.

 

Reflexionemos:

¿Qué máscaras nos impiden darnos a conocer tal como somos?, ¿cómo podemos caminar tras las huellas del resucitado en este tiempo de Pascua?

 

Oremos:

Danos, Señor, la capacidad de aprender a caminar en la luz de tu amor y tu verdad. A no tener miedo de acoger nuestra propia fragilidad personal, sino hacer de ella un medio que nos una más a ti y a los demás. Amén.

 

Recordemos:

Cristo resucitado nos comunica con su vida el amor salvífico del Padre por la humanidad.

 

Actuemos:

Pidamos perdón, al Señor, en este día por las veces en que no hemos sido capaces de acoger nuestros propios límites o fragilidades.

 

Profundicemos:

El resucitado nos enseña que la verdadera felicidad consiste en aprender a caminar con nuestras propias fragilidades y las de los demás (Libro: En busca de la verdadera felicidad).

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