
El encuentro de Jesús, narrado por el Evangelio de Marcos, se da con un judío conocer de la ley y las tradiciones. La pregunta que este le hace a Jesús es clave porque el escriba viene al encuentro de Jesús. El escriba viene con un mundo cargado de prescripciones que en la tradición judía –según el libro del Deuteronomio–debían cumplirse; en medio de esta realidad, el escriba ve en la persona de Jesús trae consigo una propuesta de novedad; de ahí, la pregunta: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”. El Señor, conocedor de la tradición de su pueblo, sale al encuentro y sintetiza la ley en dos dinamismos fundamentales. El primer dinamismo hace referencia a nuestra relación con Dios: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. La relación con Dios no es solo un acto cultual que vivimos a partir de nuestros ritos y cultos, sino que es una celebración que involucra todo el dinamismo de la vida misma. Esto quiere decir que cuando se celebra la vida con el corazón, con la mente, con todo el ser, entonces Dios mismo acontece en nuestra vida y en nuestra historia, tomándola y transformándola, de lo contrario, sería un rito vacío y separado de la vida. El segundo dinamismo hace referencia a nuestra relación con los demás: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esta sintetiza la exigencia de la vida cristiana, ya que no es posible amar a los demás especialmente a quienes nos han sido confiados para nuestro cuidado, si no son amados con la medida del amor propio. En medio del diálogo, el escriba, después de la enseñanza de Jesús, logra reconocer al Señor como Maestro, es decir, como aquel que enseña una manera nueva de relacionarse con Dios y con los hermanos; no es la forma tradicional de los holocaustos y sacrificios sino la acción lo que mueve a la persona al amor con todo su ser, involucrando toda la persona, porque, así como se ama a Dios, debemos amar a nuestro hermano “con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser”. Este dinamismo del amor supone el amor por uno mismo, ya que no es posible querer el bien para el otro, lo que yo no quiero para mí mismo.
La pregunta que el escriba le hace a Jesús sobre cuál mandamiento es el primero, es también una pregunta dirigida a mí, y la síntesis de esta pregunta me debe llevar a ser coherente con aquello en lo que creo.
Señor Jesús, concédeme la gracia de ser coherente con mi fe. Que mi vida no solo se reduzca a buenas intenciones, sino a poner por obra aquello en lo que creo. Que al llegar a la contemplación del misterio pascual, la luz de mis acciones ilumine el camino de mi vida. Amén.
Percibo qué relación se acentúa en el dinamismo de mi fe: ¿la relación con Dios o con mi prójimo?


