
Nos situamos dentro del contexto de un lenguaje apocalíptico, es decir, de revelación plena del don de Dios, de manifestación, de ahí los signos que se nos presentan. La afirmación puesta en labios de Jesús “no he venido a sembrar paz, sino espadas” nos resulta fuerte, sobre todo, porque en Él reconocemos la Palabra de vida. Este texto está precedido del envío a los discípulos donde les recomienda lo que deben y no deben llevar; igualmente, que no será fácil compartir el mensaje del reino de los cielos, puesto que encontrarán detractores frente al sueño de Dios para con la humanidad, pues el mundo que en lenguaje bíblico es todo lo contrario al amor, no lo hará fácil. Este rechazo lo experimentó el mismo Jesús como efecto colateral a la fidelidad del Evangelio: la Cruz como hostilidad de los demás hacia el mensajero de la Buena Nueva; la cruz como el ser conscientes que seremos perseguidos, incluso, por nuestros más cercanos (familia y amigos). Jesús quiere que como discípulos estemos preparados para asumir esta realidad, porque el proyecto de Dios en el que se trabaja por una humanidad más humana, fraterna y reconciliada, siempre enfrentará el conflicto y a ejemplo suyo, no podemos olvidar en nombre de quien hemos sido enviados.
Espíritu Santo, por ti sabemos que la Palabra es más cortante que espada de doble filo. Dispón de nuestros sentidos para que la escuchemos atentamente y concédenos, a través de ella, el don de la fortaleza para que no nos desanimemos ante quienes nos persiguen a causa del don de tu amor entre nosotros; para que le respondamos siempre con fidelidad al Señor. Amén.
Espíritu Santo, fuente de toda fortaleza, te invoco para que mores en mi corazón. Tú que fortaleciste a los apóstoles para no temer a los hombres, concédeme la gracia de ser un verdadero discípulo, dispuesto a seguir las huellas de mi Maestro. Ilumina mi mente y fortalece mi voluntad para ser testigo de Cristo en todo lugar, proclamando su Evangelio con mis palabras y mis obras. Amén.
Jesús exige un compromiso radical que debe priorizar el reino de Dios sobre todo lo demás.
“El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10, 37).
Seguir a Jesús exige radicalidad. Poner a Dios en el centro puede generar tensiones, pero nos invita a abrazar la cruz y entregarnos por amor, garantizando una recompensa divina.


