
Hoy el Evangelio nos muestra la enseñanza de Jesús sobre la necesidad de nacer de nuevo para entrar en el reino de Dios. Nicodemo, un fariseo y miembro del Sanedrín, busca a Jesús de noche. Reconoce que Jesús ha venido de Dios por sus señales milagrosas. El encuentro nocturno simboliza la búsqueda de luz en medio de la oscuridad espiritual. Jesús afirma que nadie puede ver el reino de Dios si no nace de nuevo, “del agua y del Espíritu”. el agua simboliza la purificación y el bautismo. Y el Espíritu es la acción de Dios que transforma el corazón humano. Naturalmente este nacimiento es espiritual, no físico, que nos permite participar de la vida divina. Jesús compara la acción del Espíritu con el viento que se mueve libremente, no se puede controlar ni explicar completamente. Asimismo, la transformación espiritual es misteriosa, pero necesaria para vivir según Dios. El Evangelio con sus afirmaciones sobre el “renacer” nos interpela a nosotros igual que Nicodemo. Este Evangelio es una invitación a que no nos conformemos con una fe externa o de simples costumbres, sino a permitir que el Espíritu Santo nos transforme internamente para vivir con una identidad nueva: como verdaderos hijos de Dios.
La salvación no depende solo del esfuerzo humano, sino de la acción del Espíritu Santo. ¿Pido continuamente la gracia de Dios para que el Espíritu transforme mi vida desde dentro? ¿Qué miedos o prejuicios me impiden acercarme a Jesús con total transparencia?
Señor Jesús, que sea dignos de recibir la gracia y el perdón de Dios. Ayúdame a dejar las cadenas que me atan: egoísmos, soledad, indiferencia, falta de solidaridad. Que tu gracia, como agua viva, me purifique y me permita ver y entrar en tu Reino, viviendo mi bautismo con alegría. Amén.
Busco una transformación profunda de actitudes y deseos, dejando que la vida de Cristo sea la que guíe mis decisiones diarias.


