12 de septiembre

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

“¿Por qué me llaman ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que digo?”
(Lc 6,43-49)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: “No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto”. Así es, en la vida nos definen los frutos que damos, y qué mejor que esforzarnos en ser buenas personas que con la ayuda del Señor, no tenemos miedo a lo que él nos exige: a no quedarnos en solo decir “Señor, Señor”, es decir, en invocar su nombre una y otra vez, y no dar el paso, de saber escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Esto nos mueve a superar el miedo a las renuncias, al compromiso, a la vivencia de una fe activa, que nos empuja a hacer vida las enseñanzas y ejemplos que nos dejó Jesús y que, aunque tengamos momentos de adversidad, sufrimiento, incomprensión, no decaeremos, sino que seguiremos adelante porque nuestra casa, es decir, nuestra vida, está cimentada sobre esa roca firme que es el Señor.

Reflexionemos:

José María Castillo nos dice: “Si bien un árbol malo no puede volverse bueno, un hombre malo sí puede y debe volverse bueno”. El Evangelio nos llama a la conversión, a pasar de la maldad a la bondad. Ser cristiano se mide únicamente por la bondad del corazón, por la bondad del alma. Preguntémonos: Ser cristianos de verdad, no es cosa fácil, pero con la ayuda de Dios es posible. ¿Hemos pensado alguna vez, en todo el bien que podemos hacer a quienes nos rodean?

Oremos:

Señor Jesús, llena mi corazón de bondad para que mis acciones sean buenos frutos. Ayúdame a escuchar tu palabra y a ponerla en práctica cada día, cavando hondo para construir los cimientos de mi vida sobre la roca firme de tu amor. Amén.

Actuemos:

La fe no se quede en palabras.

Recordemos:

“El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6, 45).

Profundicemos:

La fe verdadera se demuestra con acciones reales.

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