
Entre los muchos milagros que realizó Jesús en medio de los suyos, algunos de ellos se caracterizaban por la fuerte confrontación que el hecho suscitaba. El milagro del mudo endemoniado que hoy narra el Evangelio de Lucas, coloca a los oyentes de Jesús en esta situación. Entre la multitud hay muchos que están familiarizados con Belzebú, una deidad filistea; por tanto, es más fácil reconocer el milagro por su poder que por la acción salvífica de Jesús, porque el hecho de la curación del mudo endemoniado supone dos experiencias que provocan confrontación. La primera, implica reconocer en la persona de Jesús la acción salvífica de Dios, por tanto, reconocer que verdaderamente es el Hijo de Dios y ser tenido como profeta, no le conviene a la multitud porque supone la reincorporación social del mudo, es decir, que una vez se presente en el templo y realice el ritual de la purificación, este pueda ser reconocido como una de las personas sanadas por la acción curativa del Hijo del hombre. De ahí que sea más fácil decir que el mal ha actuado para continuar manteniendo la lógica de división y sometimiento, en el caso de la persona. El texto afirma que otros de esa multitud –porque las opiniones estaban divididas–, para ponerlo a prueba, le pedían un signo. Esta petición la hemos escuchado en otras narraciones y Jesús les responde desde las mismas acciones que logra Belzebú, quien posee la capacidad de dividir, de destruir y llevar a la ruina. En la experiencia del mal, lastimosamente no es posible equiparar la unidad, el poder y la acción; desde esta perspectiva, lleva a la destrucción de sí mismo. En medio de la confrontación con los oyentes, surge una acción de parte de Jesús que se ha vuelto un signo concreto: el dedo de Dios, que simboliza el poder, la fuerza, la soberanía y la intervención directa e inmediata de Dios en la historia humana, capaz de alejar el mal y hacer que la manifestación de Dios se haga visible. Finaliza la narración con una parábola para afirmar que “el que no está conmigo está contra mí”, porque precisamente no puede permanecer el corazón dividido por el espíritu del mal para estar con Jesús; en este caso, se está contra Jesús, se desparrama; en cambio, la voz que recobró el mudo lo devolvió a la unidad de su ser. El hecho de recuperar la voz lo restauró a sí mismo y a la sociedad.
Percibo en mi vida personal experiencias que me hacen sentir como el mudo endemoniado, es decir, sin voz, pero con el deseo profundo que el Señor pase por mi vida y me sane.
Señor Jesús, soy consciente que existen muchas situaciones que me pueden devolver a la impotencia y fragilidad del mudo endemoniado del Evangelio. Te pido que la gracia del Espíritu me acompañe para que por medio de mi voz y de todo mi ser te alabe, para que anuncie a los demás los dones y gracias que recibo de ti. Amén.
¿Qué realidades me han quitado la gracia de la voz en mi vida y me han dejado mudo? ¿He permitido que Jesús me devuelva el habla y sane?


