
Queridos amigos, hoy celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús que nos recuerda el gran amor de Dios, y que nos comunicó al enviar a su Hijo Jesucristo, quien muriendo en la cruz, fue traspasado por una lanza en su costado y de su corazón amoroso vertió sangre y agua para purificar el pecado de toda la humanidad. Hemos conocido esta devoción gracias a las apariciones que el Señor mismo le hizo a santa Margarita María de Alacoque; en 1856, el Papa Pío IX instituyó esta solemnidad en la Iglesia universal, para que todos en medio de nuestras penas y aflicciones, podamos acudir al Corazón de Jesús y en él encontrar consolación, tal como nos lo dice Mateo en el texto del Evangelio de hoy: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. Ir a Jesús, es abrir nuestro corazón y nuestra mente para sintonizar con Él y como dos buenos amigos hablarle con sinceridad. Es sentir su mirada que se posa en nuestra alma para llenarnos de esperanza. Por eso sigue diciendo Jesús: “Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Tomar el yugo de Jesús es sentir el compromiso de caminar bajo la ley del amor que libera y acompaña, que sana las heridas de la humanidad y en lugar de guerra y división, nos invita a fortalecer los lazos de fraternidad y solidaridad.
Cuando nos detenemos a contemplar cada una de las palabras de Jesús pronunciadas en este Evangelio, nos damos cuenta de lo pobre y limitados que somos para corresponder al inmenso amor del Señor. Preguntémonos: En mi experiencia de oración y diálogo con Jesús, ¿puedo descubrir los pequeños pasos de hacer camino en su presencia?, ¿puedo sentir que Él es cada vez más el refugio seguro que me ilumina en mis momentos de lucha y aflicción?
Sagrado Corazón de Jesús, te doy gracias por la generosidad de tu amor con el que cuidas de la humanidad. Te consagro y entrego todo lo que soy y cuanto poseo, ya que son frutos de tu bondad para mi bien y del de quienes me has confiado. Amén.
Adopto una actitud de apertura, asombro, confianza y total dependencia de Dios.
“Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas” (Mt 11, 29).
Dios no se revela a quienes se creen sabios y autosuficientes, sino a los de corazón humilde. La fe requiere abandonar el orgullo intelectual y acoger la gracia con sencillez de niño.


