
En este Evangelio vemos cómo Jesús se revela a sus discípulos después de su Resurrección, enseñándoles sobre la riqueza de la fe y el perdón. Jesús se aparece a los discípulos que están reunidos con miedo, temiendo a los judíos. Se presenta en medio de ellos y dice: “La paz sea con ustedes”, y les muestra sus manos y su costado; asimismo, su saludo los llena de alegría. Pero el encuentro es también un envío a la misión y a recibir el Espíritu Santo: “Reciban el Espíritu Santo”. Esta infusión del Espíritu y esta misión tienen un contenido muy importante: “A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados”. Jesús concede autoridad para el perdón, que es una de las bases de la misión apostólica en la Iglesia. Esto nos enseña que la resurrección transforma el miedo en paz y que la fe auténtica no requiere ver físicamente, sino confiar ciegamente en el testimonio de Cristo y de la comunidad. Acordémonos, pues, del apóstol Tomás y de la promesa del Señor: “Dichosos los que crean sin haber visto”. La fe es un don de Dios que transforma totalmente la existencia y la visión de las cosas.
El Evangelio de hoy me invita a abrir mi corazón a la presencia de Jesús Resucitado y a vivir confiado en su promesa de vida. Él me quiere donar la gracia de su Espíritu Santo para que mi alegría sea completa.
Señor Jesús, modelo de misericordia y compasión, ya que te he celebrado Resucitado, quiero que te quedes conmigo para siempre, porque sé que solo de ti podré recibir el maravilloso don del Espíritu Santo. Amén.
Permito que el Espíritu Santo guíe mis decisiones y me dé la fortaleza para perdonar y vivir con alegría pascual.


