
El Evangelio de este domingo nos presenta la parábola del banquete de bodas. Un rey prepara una gran fiesta para su hijo e invita a muchas personas, pero los invitados no quieren asistir. Cada uno está ocupado en sus propios asuntos: uno en el campo, otro en sus negocios. Incluso, algunos reaccionan con violencia contra los servidores del rey. Esta actitud nos hace pensar en nuestra propia vida. Dios también nos invita constantemente, pero muchas veces ponemos otras cosas por delante: el trabajo, las preocupaciones, los bienes materiales, nuestros proyectos o simplemente, nuestras propias seguridades. Sin embargo, lo hermoso de esta parábola es que el rechazo de unos no desanima al rey. Él vuelve a enviar a sus servidores y manda invitar a todos, incluso, a aquellos que estaban en los caminos, a los pobres, a los abandonados y a los que nadie esperaba. Así es el corazón de Dios: su invitación es gratuita y universal. Dios quiere que todos participemos de su banquete. Pero la parábola nos presenta después un detalle importante: uno de los invitados no llevaba el vestido de bodas. ¿Qué significa esto? Significa que no basta con aceptar la invitación de Dios; es necesario dejar que esa invitación transforme nuestra vida. El vestido nupcial representa una vida nueva, una vida de conversión. No podemos decir simplemente: “Soy cristiano”, “fui bautizado” o “voy a misa”, si nuestra vida no cambia. La gracia de Dios es un regalo, pero ese regalo pide una respuesta. Nos invita a perdonar, a amar, a servir, a vivir con misericordia y a dejar atrás aquello que no corresponde con el Evangelio. La invitación es gratuita y es para todos, pero nuestra respuesta es personal.
¿Estoy aceptando realmente la invitación de Dios o siempre encuentro otras cosas más importantes? ¿Estoy llevando el vestido de una vida nueva?
Señor Jesús, gracias porque me invitas cada día a tu mesa y me regalas gratuitamente tu amor y tu misericordia. Amén.
Tomo un tiempo de silencio, para escuchar la invitación que Jesús me hace cada día.
Todos somos llamados, pero no todos respondemos, a la invitación que Dios cada día hace a nuestras vidas.
En el Evangelio hay palabras clave que profundizar: Invitación, respuesta, vestido, entrada y permanencia. ¿Qué me dicen estas palabras y a qué me invitan?


