11 de marzo

Caminando con Jesús

Caminar con Jesús permitió a los discípulos experimentar, de primera mano, la compasión y la gracia de Dios en acción. Caminar con Jesús hoy, no debería ser diferente. Su compasión y su gracia siguen disponibles para quien quiera experimentarlas.

“Quien los cumpla y enseñe será grande”
(Mt 5, 17-19)

Permitamos que la Palabra de Dios entre a nuestra vida:

La experiencia de la ley era lo más sagrado para el pueblo judío del tiempo de Jesús; desde ella había aprendido a caminar y encontrarse con Dios de manera profundamente significativa, según lo habían recibido de generación en generación. La presencia de Jesús como profeta resultaba incómoda para los maestros de la ley, de ahí que su forma de pensar y actuar constituía una amenaza para el pueblo judío. Las palabras de Jesús: “no he venido a abolir la ley y los profetas… sino a dar plenitud”, sale al encuentro de aquello que en las comunidades y los lugares donde Jesús estaba, se había vuelto motivo de dudas y preguntas a sumos sacerdotes, escribas o fariseos. Jesús, conocedor de la ley, del Pentateuco y de sus prácticas, también la practicaba y la vivía en la sinagoga judía, saliendo al encuentro de los suyos para dar a entender la dinámica de su mensaje revelador. Es la forma práctica de vivir la ley la que le hace diferente en medio de su pueblo, quienes se habían acostumbrado a estudiarla, pero no conocían realmente las necesidades de las personas que están sujetas a la ley, sus dolores, sus exclusiones, sus duras realidades. Cuando nos adentramos al misterio de la Palabra es posible ver y entender a Jesús encontrándose con los leprosos, curándoles, es decir, restituyéndoles a su dignidad perdida, marginada, totalmente excluida, Él los invita a presentarse al templo, al sacerdote. La curación de Jesús ha evitado el encuentro con la tradición del templo de la purificación ritual, sin embargo, al enfermo, a la persona excluida, le ha devuelto su dignidad y a integrarse a su comunidad. Por ello, entendemos la plenitud de la cual habla porque no solo se trata de vivir la norma y cumplirla. El Señor enseña la compasión divina, el poder sanador que no tiene límites y la importancia de la fe y la gratitud. Solo cuando Jesús devuelve a la persona a esta condición le dice: “Ve al templo, ve a presentarse al sacerdote”, entonces, el cumplimiento ha devuelto la plenitud.

Reflexionemos:

Las normas, las prescripciones de la ley en las diversas instancias en las cuales las vivo, ¿cómo las acojo? ¿Son ellas dinamismos de vida o, por el contrario, se convierten en experiencias dolorosas de opresión y exclusión?

Oremos:

Señor Jesús, enséñame el verdadero espíritu de la ley; que al ponerla en práctica no me lleve solo a cumplirla acoplándola a mi modo de vida, sino que a través de ella viva la misericordia y no sea indiferente a las realidades de mis semejantes. Amén.

Actuemos:

En mi vida, ¿qué experiencias de normas o leyes me han costado más poner en práctica? ¿Aún sigo viviendo bajo estas mismas experiencias? Según la invitación de Jesús es preciso pasar de la ley y el cumplimiento a la plenitud. ¿Ha sido posible este salto cualitativo en mi vida?

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