
Jesús nos recuerda que no es lo de afuera lo que afecta la vida. El verdadero combate se libra dentro del corazón. Allí nacen las palabras que hieren y los gestos que dividen. Allí se gestan también el perdón y la misericordia. A veces cuidamos mucho las apariencias, pero descuidamos lo que pensamos, sentimos y deseamos. Un corazón endurecido termina justificando el mal. Un corazón humilde reconoce su fragilidad y se deja sanar. Jesús no condena, invita a mirar hacia adentro con verdad. Nos llama a limpiar la fuente para que el agua sea buena. Solo un corazón tocado por Dios puede amar de verdad. Cuando Él habita en nosotros, cambia nuestra manera de hablar. Cambia nuestras decisiones y nuestras relaciones. Hoy Jesús nos pide coherencia entre fe y vida. Pidámosle un corazón nuevo, sencillo y transparente. El corazón es el verdadero lugar donde se juega la santidad o la distancia de Dios. Los males que dañan la convivencia comienzan con pensamientos y sentimientos no sanados. La Palabra quiere purificar nuestras intenciones más profundas. Un corazón transformado genera relaciones más humanas y libres. Dios desea darnos un corazón nuevo, capaz de amar y reconciliar.
¿Qué pensamientos o sentimientos necesito presentar hoy a Dios para ser sanados? ¿Qué sale de mi corazón cuando me siento herido, frustrado o cansado? ¿Cómo puedo cultivar una vida interior más llena del Evangelio?
Gracias, Señor, por tu amor misericordioso que me lleva a ir siempre más allá de las fronteras y los límites de mi corazón. Enséñame a ver la semilla de bien que habita en quienes me rodean y no solo sus apariencias. Amén.
"Lo que sale de dentro es lo que hace impuro."
El pecado nace en la voluntad y el corazón.


